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Doscientos sesenta y seis razones para creer en Panamá

Doscientos sesenta y seis razones para creer en Panamá
Nivia Rossana Castrellón, con los jóvenes del LLAC. Cortesía

Hay un momento que, sin cámaras ni titulares, cambia la trayectoria de un país. Ocurre cuando un joven descubre que su inteligencia no está en deuda con nadie. Que sus ideas tienen peso. Que su voz puede mover cosas. Esta semana, 266 jóvenes panameños vivieron ese momento. Y Panamá, aunque todavía no lo sabe del todo, es un país más equitativo desde entonces.

Desde 2019, el Laboratorio Latinoamericano de Acción Ciudadana (LLAC) —iniciativa conjunta del Canal de Panamá y Jóvenes Unidos por la Educación— ha hecho eso: transformar el potencial bruto en capacidad real. No con discursos. Con herramientas. En siete ediciones consecutivas, el programa ha graduado a más de 1,500 jóvenes líderes de las diez provincias y de las comarcas indígenas de Panamá, quienes han diseñado, ejecutado y medido más de 95 proyectos comunitarios. El Laboratorio no es solo un espacio donde se investiga: se incide. No solo se aprende: se produce. No solo se participa: se lidera.

El modelo es exigente y, por eso mismo, legítimo. Cada año se reciben más de 800 postulaciones. Solo 150 pasan. La selección no depende del apellido ni del colegio de procedencia: las solicitudes se anonimizan y se evalúan mediante una rúbrica con más de 40 criterios. Una vez dentro, los participantes reciben 80 horas de formación intensiva en liderazgo ético, incidencia ciudadana, formulación y gestión de proyectos, y herramientas de análisis de política pública. Los que demuestran mayor compromiso avanzan al LLAC 2.0, fase orientada a la escalabilidad y sostenibilidad de sus iniciativas. Este año, 120 jóvenes completaron esa segunda etapa. Nada de esto es gratuito en esfuerzo. Pero sí lo es económicamente: el programa no le cuesta un centavo al participante.

Como egresada, lo describí en la ceremonia de cierre: entré siendo una chica con un sueño, pero sin saber cómo convertirlo en algo real. No pensaba en colectividad. No movía actores. No tenía visión de país. Solo tenía ganas. Eso fue suficiente para empezar. Hoy, mi perfil se ha multiplicado más de 1,500 veces en todo el territorio nacional.

El resultado acumulado habla sin eufemismos: egresados del Laboratorio hoy brillan en instituciones públicas, ocupan posiciones en organismos internacionales y han accedido a becas en las mejores universidades del mundo. Son jóvenes que entraron tímidos, mirando desde afuera, y salieron convertidos en personas que representan a Panamá, que estudian, que abren puertas donde antes no había ni siquiera paredes. No son excepciones que confirman la regla. Son la evidencia de que el talento panameño existe en abundancia y en todos los rincones del mapa.

Panamá tiene una paradoja que nos cuesta admitir: hablamos mucho de la fuga de cerebros hacia el exterior, pero poco de los cerebros que se apagan en el interior. Nadie habla de los niños brillantes que se están quedando en la oscuridad porque no tuvieron la suerte de nacer en el lugar adecuado. Esos niños existen. Los conocemos. Y la respuesta no puede seguir siendo el silencio o la resignación. El lugar donde uno nace no debería determinar la calidad de la educación que recibe ni las oportunidades que tendrá. Desafortunadamente, en Panamá esto sigue siendo una realidad. El Laboratorio es, entre otras cosas, una respuesta organizada contra esa injusticia.

En 1826, en este mismo istmo, Bolívar convocó el Congreso Anfictiónico: un sueño de unión y acción compartida. Ese espíritu —el de jóvenes que se reúnen para imaginar algo más grande que ellos mismos— es lo que ocurre en el Laboratorio. No es casualidad que exista aquí. Panamá, como punto de encuentro, no tiene que ser solo historia ni geografía. Puede ser también pedagogía, apuesta de país y programa de futuro.

El talento en este país sobra. Lo que necesita es un espacio donde florecer. Nuevos agentes de cambio salen esta semana al país: no como producto terminado, sino como fuerza activa. Porque hay más trabajo por hacer, más niñas y niños que esperan, y una nueva generación que ya aprendió que, cuando se le da un espacio, el talento panameño brilla con luz propia.

La autora forma parte de Jóvenes Unidos por la Educación.


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