Cerca de cumplirse 130 años de su desaparición física, plantearse la tarea de explicarle el Panamá de hoy a Justo Arosemena no sería un tedioso ejercicio de introspección o recapitulación histórica, sino uno de vergüenza intelectual. No porque el presente sea incomprensible, sino porque muchas de las cosas que hoy dejaron de sorprendernos o indignarnos, por simple repetición, fueron advertidas hace más de un siglo con una claridad que preferimos ignorar.
Arosemena no fue un prócer decorativo ni un nombre útil para avenidas. Fue, sobre todo, un pensador que entendió algo esencial para América Latina: que el problema no era solo político, sino estructural y moral. Que, sin instituciones fuertes, sin reglas claras y sin una ciudadanía capaz de pensar más allá de la emoción inmediata, cualquier proyecto republicano estaba condenado a deteriorarse con el paso del tiempo. El liberalismo que defendía no era una consigna ni una pose ilustrada, sino un sistema incómodo de límites, responsabilidades y distribución racional del poder.

Esta recreación de la escena del crimen social en la que vivimos implicaría reconocer que muchas de sus ideas no fracasaron por ingenuas, sino por impopulares. Su ideal liberal, pensado como equilibrio entre libertad individual, Estado funcional y bien común, fue desplazado por salidas rápidas y cómodas. Emociones desbordadas, moralismos oportunistas y decisiones políticas cortoplacistas dieron paso a una versión caricaturesca del orden: centralismo con dependencia excesiva, discursos morales vacíos y una profunda desconfianza hacia cualquier idea que exija disciplina colectiva y responsabilidad individual.
Panamá es un caso ejemplar de esa contradicción. Un país con todas las ventajas conocidas por propios y extraños, pero atrapado en una crisis permanente de identidad. No somos del todo centroamericanos, ni sudamericanos, ni caribeños; somos los tres y ninguno al mismo tiempo. Esa indefinición cultural ha sido aprovechada para justificar la improvisación. Donde debía haber proyecto, hubo parche barato y mal puesto. Donde debía haber política pública, hubo ocurrencia sin pensar en consecuencias. Donde debía haber racionalidad, se premió la viveza.
Arosemena entendía que el federalismo no era una excentricidad, sino una respuesta lógica a esa realidad: acercar el poder a la gente, reducir la burocracia inútil y permitir que cada región se gobernara según sus necesidades reales. Esa idea chocó, y sigue chocando, con una cultura profundamente conservadora en lo político, aunque se disfrace de modernidad. Una cultura que prefiere el control concentrado, la moral dogmática y el discurso fácil, incluso cuando eso implique desigualdad, abandono de lo necesario y la corrupción como estandarte.
Esta ilustración también obligaría a hablar del populismo, no como accidente, sino como consecuencia. Cuando el liberalismo se vacía de contenido y se reduce a una etiqueta, deja un espacio perfecto para que la emoción suplante a la razón. En ese vacío, el resentimiento se organiza, el miedo se capitaliza y la moral se convierte en el látigo con el que se defiende lo indefendible.
Explicarle el 2026 no sería contarle una anécdota, sino hacerle una confesión colectiva. Decirle que su mayor error no fue pensar demasiado grande, sino asumir que las ideas sobreviven solas al desgaste de la mediocridad. Y aceptar que cada uno de nosotros, aunque sea en una fracción mínima, ha sido funcional a la deriva.
Porque si algo dejó claro Arosemena es que las repúblicas no colapsan de golpe: se desgastan lentamente cuando el pensamiento incómodo se abandona y demasiada gente decide que no hacer nada también es una forma de participar.
El autor es amigo de la Fundación Libertad.

