Cada año, durante octubre, Panamá desarrolla de manera masiva la campaña de la Cinta Rosada y Celeste, dedicada a la concientización sobre el cáncer de mama y de próstata. Instituciones, empresas, medios y espacios públicos se llenan de rosado y celeste con mensajes que promueven la prevención y la detección temprana.

Esta visibilidad es valiosa, pero también plantea una pregunta fundamental: ¿hacer más pruebas y detectar más cánceres significa necesariamente salvar más vidas?

La ciencia nos ha enseñado que no necesariamente es así. Algunas pruebas pueden causar daño cuando detectan enfermedades que nunca habrían producido síntomas ni amenazado la vida.

El éxito de realizar pruebas en personas sin síntomas para detectar tempranamente una enfermedad, lo que llamamos tamizaje, no se mide por cuántos cánceres encontramos, sino por su capacidad para reducir las muertes por ese cáncer, manteniendo un balance razonable entre beneficios y daños.

Un programa puede detectar más tumores e incluso aumentar aparentemente la supervivencia, que es el tiempo que una persona vive desde el diagnóstico, sin evitar una sola muerte. Tres fenómenos ayudan a entender por qué sucede esto.

El primero es el sesgo de adelanto diagnóstico. Si descubrimos a los 60 años un cáncer que habría sido diagnosticado a los 65, pero la persona fallece igualmente a los 70, su supervivencia desde el diagnóstico parece duplicarse. Sin embargo, no vivió más: simplemente comenzamos a contar antes.

El segundo es el sesgo de duración. El tamizaje encuentra con mayor facilidad tumores de crecimiento lento, que suelen tener mejor pronóstico. Podemos entonces atribuir a la prueba una mejor supervivencia que en parte corresponde a la propia biología del cáncer.

El tercero es el sobrediagnóstico: detectar un cáncer que nunca habría producido síntomas ni amenazado la vida, lo cual puede conducir a tratamientos que no aportan beneficio y sí causar daños físicos, emocionales y económicos.

En cáncer de mama, la mamografía ha demostrado reducir la mortalidad, especialmente entre los 50 y 69 años, donde históricamente se concentra la evidencia más sólida. No ocurre lo mismo con el autoexamen de mamas: a pesar de los recursos destinados a promoverlo, no ha demostrado reducir las muertes por cáncer de mama. Conocer el propio cuerpo y consultar ante cualquier cambio sigue siendo importante, pero insistir en el autoexamen traslada a la mujer una responsabilidad que corresponde al sistema de salud: garantizar el acceso oportuno a la mamografía.

En cáncer de próstata, la evidencia es más controvertida. El tacto rectal rutinario en hombres asintomáticos no ha demostrado reducir la mortalidad por cáncer de próstata. Con la prueba del PSA en sangre, la situación es diferente: podría reducir modestamente la mortalidad en algunos hombres, pero también puede llevar al sobrediagnóstico y al sobretratamiento. Esto expone al paciente a tratamientos innecesarios y consume recursos limitados. De ahí que las guías recomienden discutir beneficios y riesgos antes de solicitar la prueba, en lugar de promoverla indiscriminadamente mediante campañas masivas.

Estos ejemplos muestran por qué detectar temprano no puede convertirse en una consigna publicitaria. Algunas pruebas salvan vidas; otras ofrecen beneficios modestos o inciertos, y algunas causan daño. Concientizar no es lo mismo que tamizar. Las campañas de la Cinta Rosada y Celeste son una extraordinaria oportunidad para hablar de cáncer, pero deben dirigir los recursos hacia intervenciones que realmente beneficien a la población y no sobrecarguen el sistema, porque el objetivo no es detectar más cáncer: es evitar más muertes, causando el menor daño posible.

El autor es profesor de medicina.