Una ejecución pública como cumplimiento de la pena capital era un acto legal en la Antigüedad. Lo recuerda Michael H. Reggio en su History of the Death Penalty: está contemplada en varios códigos, como el Código de Hammurabi, 18 siglos antes de Cristo, el Código Hitita, el Código Draconiano y las Doce Tablas romanas, donde la muerte en la hoguera o por crucifixión eran instrumentos mortales ominosos.
En Estados Unidos, la primera ejecución conocida en las colonias inglesas fue en Virginia en 1608, donde el gobernador sir Thomas Dale, “invocando leyes divinas, morales y marciales”, favorecía la pena de muerte por delitos menores. En 1608, George Kendall había sido condenado a muerte por traición a los británicos. En Virginia, la pena de muerte se dictaba por matar una gallina, perros o caballos, por robar uvas o negociar con los indios. En vista de la severidad del castigo frente a la ligereza del delito, la ley en Virginia “se ablandó” pocos años más tarde para evitar la fuga de ciudadanos a otros estados.
Es aún un espectáculo para amedrentar, para sofocar cualquier hálito de dignidad de la persona y deshonrarla, pero también un acto de entretenimiento para el morbo del populacho y la carcajada del sátrapa. En la Antigüedad romana, la ejecución pública más deshonrosa era la muerte en la hoguera o la muerte en cruz, la crucifixión, como la de Jesús. La horca, en Estados Unidos, atraía muchedumbres para beber y comer mientras se preparaba el espectáculo. En Francia, la Revolución castigó a los enemigos con la guillotina en la plaza pública, y estas ejecuciones todavía se hicieron hasta 1997.
Hoy día, muy pocos países realizan ejecuciones públicas; Irán, Afganistán y Corea del Norte son algunos de ellos. En Estados Unidos, la última ejecución pública de un condenado a morir en la horca fue en 1936. Sin embargo, la pena de muerte no se ha abolido y no es infrecuente encontrar personas que creen en ella como castigo mientras son voceros altaneros contra el aborto, aduciendo que nadie tiene derecho a quitarle la vida a un ser humano.
No son pocos los sorprendidos por la decisión del secretario de Defensa de Estados Unidos de no solo ejecutar en el mes de diciembre, mediante un pelotón militar de fusilamiento, a un criminal que lleva 17 años en prisión, sino también hacer pública y filmar la ejecución para que pueda verse en directo en cualquier pantalla. Nos lleva a tiempos pasados en Estados Unidos que la civilización creía superados, cuando los padres y los maestros llevaban a niños a ver ejecuciones públicas, con la creencia de estar haciendo docencia y de que estos espectáculos para niños detendrían el crimen y los delitos.
Nidal Malik Hasan, un psiquiatra y mayor de la Armada de Estados Unidos, quien pasó de soldado a prisionero, condenado por el asesinato de 13 personas en 2009, será ejecutado el próximo 3 de diciembre por un batallón de fusilamiento en Fort Hood. Desde 1961, los militares estadounidenses no han recurrido a la pena de muerte. Hoy, cuatro militares prisioneros están en el corredor de la muerte. Hasan ha dicho que tomó su decisión criminal para que no enviaran más soldados a Afganistán a matar musulmanes como él y que lo único que hacía con esto era cambiar de bando.
Este espectáculo inmoral, previsto para el 3 de diciembre, es contrario a la disposición internacional convenida sobre derechos civiles y políticos, que prohíbe llevar a cabo ejecuciones de forma pública. Recuerda las ejecuciones alucinantes y salvajes de ISIS, filmadas para que todos viéramos rodar las cabezas de sus prisioneros enemigos, o las brutales ejecuciones en las calles de Mineápolis en enero de este año, que improbablemente se castigarán. La decisión sobre Malik Nidal Hasan está aún pendiente de la resolución final que se tome en las cortes. Sin embargo, el espíritu que origina semejante bofetada a la humanidad persiste en sus autores y mide su dificultad para discernir entre castigo y venganza.
El autor es pediatra y neonatólogo.


