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Davos 2026: del ‘nosotros’ canadiense al ‘yo, yo y otra vez yo’

Davos 2026: del ‘nosotros’ canadiense al ‘yo, yo y otra vez yo’
El primer ministro canadiense, Mark Carney, representará una visión de América del Norte distinta a la de Donald Trump. / Getty Images

Cada enero, el Foro Económico Mundial convierte a Davos en una especie de Olimpo alpino donde presidentes, empresarios y líderes globales se reúnen para “arreglar el mundo” entre paneles, cócteles y mucha conciencia climática… trasladada en jet privado. Davos 2026 no fue la excepción, aunque sí dejó un contraste particularmente revelador.

Dos discursos marcaron la agenda. No tanto por su contenido, sino porque parecían venir de planetas distintos.

Primero habló Mark Carney, primer ministro de Canadá, y lo hizo con una mezcla poco común en estos foros: sobriedad, claridad y ausencia total de ego hipertrofiado. Carney no prometió paraísos ni culpó a conspiraciones. Simplemente dijo algo incómodo: el famoso “orden mundial basado en reglas” está roto; no está en pausa ni en reparación… está roto.

Explicó que la integración económica dejó de ser cooperación para convertirse, en muchos casos, en subordinación. Y remató con una frase que sonó como advertencia y manual de supervivencia internacional: “Si los países medianos no están en la mesa de decisiones, están en el menú”.

Desde el frío Canadá —bilingüe, educado y con los pantalones bien puestos— se habló de poder, pero sin gritar. De liderazgo, pero sin aplausómetro. De futuro, sin nostalgia imperial.

La sala asintió. Algunos sonrieron. Otros tomaron nota.

Y entonces llegó Donald Trump.

Presentado como “invitado excepcional”, el residente de la Casa Blanca ofreció una hora y diecisiete minutos de alta intensidad autobiográfica. Un discurso que podría resumirse en una sola palabra: yo. O, mejor aún, en un movimiento pendular constante: yo hice, yo logré, yo entendí, yo volví a hacer… y repetir hasta agotar el reloj.

Trump aseguró haber logrado la recuperación económica más rápida de la historia, haber derrotado la inflación, reducido déficits, bajado impuestos, impulsado la energía, salvado a la clase media y, presumiblemente, arreglado el Wi-Fi de la Casa Blanca. Todo él. Sin ayuda. Sin errores. Sin matices.

En política exterior, reapareció su ya conocida obsesión por Groenlandia, ese “pedazo de hielo” que, según su lógica, está mejor en manos estadounidenses porque los daneses —aunque “nice people”— no lo cuidan como él lo haría. Esta vez descartó una invasión militar inmediata, optando por la vía diplomática de “véndanlo”. Europa, algo aguafiestas, volvió a aclarar que Groenlandia no está en eBay.

Sobre la OTAN, reiteró que Europa ha vivido cómodamente bajo el paraguas estadounidense y que ya era hora de pasar la cuenta. Celebró haber empujado el gasto militar del 2% al 5%, como si la seguridad colectiva fuera una membresía premium con recargos por atraso.

También presentó su “Board of Peace”, una especie de Naciones Unidas versión Trump, que despertó más curiosidad que entusiasmo real.

Criticó las políticas europeas de energías renovables y migración, aunque los datos —siempre tan inoportunos— se empeñaron en no acompañarlo.

El resultado fue un discurso largo, ruidoso y profundamente trumpiano: una mezcla de economía, geopolítica y espectáculo. Algunos aplaudieron. Otros revisaron el celular. Muchos se preguntaron si habían asistido a un foro global… o a un mitin con vistas a los Alpes.

Davos 2026: del ‘nosotros’ canadiense al ‘yo, yo y otra vez yo’
Donald Trump, presidente de Estados Unidos, en Davos. EFE

Davos 2026 dejó así una imagen clara: el mundo ya no debate solo qué rumbo tomar, sino qué tipo de liderazgo está dispuesto a tolerar. Entre la propuesta canadiense de cooperación entre iguales y el modelo del “yo primero, yo segundo y yo tercero”, la brecha no es ideológica: es de madurez.

Porque, cuando la política internacional se convierte en un monólogo, el resto del planeta deja de ser socio… y pasa a ser público cautivo. Y, a diferencia de Davos, no todos pueden levantarse e irse cuando el discurso se alarga demasiado.

Nota: el tío Muli estaba en el auditorio, con gesto serio y meditando cada palabra del residente de la Casa Blanca, con preocupación creciente, esperando el turno del Canal de Panamá. Al final no se mencionó, pero, si nos toca la cola del nuevo deal trumpiano, no será por sorpresa.

El autor es ciudadano.


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