En las últimas décadas, Panamá ha demostrado una notable estabilidad macroeconómica, caracterizada por baja inflación, apertura económica y una integración progresiva a los mercados globales, lo que se ha traducido en crecimiento económico sostenido.
Este entorno le ha permitido consolidarse como un destino atractivo para la inversión extranjera directa y los flujos de capital, apoyado en un sistema financiero profundo y conectado a los mercados internacionales, en un marco de previsibilidad clave para la toma de decisiones de inversión de largo plazo.
La inversión ha sido el principal motor del crecimiento económico del país. Durante los últimos 35 años, el Producto Interno Bruto creció a una tasa anual en torno al 5% - 6%, más del doble del crecimiento observado en América Latina, que ha oscilado entre 2% - 3% anual.
Este desempeño económico se ha traducido en avances sociales relevantes, reflejados en un Índice de Desarrollo Humano cercano a 0.84, por encima del promedio regional de alrededor de 0.78, y en un PIB per cápita superior a los USD 19 000, casi el doble del promedio regional.
Pese a estos logros, el desafío hacia adelante es considerable. En un entorno de mayor volatilidad financiera global, riesgos geopolíticos y capital más selectivo, los inversionistas ajustan primas de riesgo, costos de financiamiento y tasas de descuento, evaluando la profundidad de los mercados, la calidad regulatoria y la protección al inversionista.
En ese contexto, persisten brechas microeconómicas asociadas al funcionamiento de mercados clave —incluido el laboral—, a la eficiencia del mercado de capitales, a la aplicación oportuna de la regulación financiera y a la capacidad institucional de ejecución.
A ello se suman reclamos sociales legítimos, que refuerzan la necesidad de traducir el crecimiento y la inversión en resultados más visibles.
En este escenario, el mercado de valores y el sistema financiero cumplen un rol central en la asignación eficiente del capital.
Para el inversionista, la regulación no es un obstáculo cuando es clara, sencilla de cumplir y aplicada con oportunidad, sino una condición básica de confianza.
Los mercados funcionan mejor no cuando las reglas son laxas, sino cuando son predecibles y existe certeza en su cumplimiento, incluido el castigo ante su incumplimiento.
Instituciones capaces de hacer cumplir las normas con firmeza, sin discrecionalidad ni retrasos, reducen el riesgo sistémico, fortalecen la credibilidad del mercado y favorecen el financiamiento de largo plazo, particularmente en sectores productivos y en emisores que dependen del acceso al mercado de valores.
Mirando hacia adelante, Panamá cuenta con una base sólida para dar el siguiente paso en su desarrollo económico. La estabilidad macroeconómica y la trayectoria de inversión constituyen un punto de partida vital en un entorno financiero más exigente.
El desafío radica en profundizar los mercados y reducir el costo de capital, convirtiendo la estabilidad en una ventaja competitiva sostenible mediante un sistema financiero más dinámico, con regulación de calidad y capacidad institucional orientada a la anticipación de riesgos y a la ejecución oportuna, sin discrecionalidad.
El autor es financista.
