El pasado jueves, mientras estaba en clase, leí una noticia que de inmediato dibujó una sonrisa en mi rostro. El activo económico y político más importante de Panamá estará ahora en manos de una mujer. Y no de cualquier mujer: una a quien había admirado durante años sin siquiera saberlo.
En segundo o tercer grado de primaria, después de responder una trivia en un stand del Canal de Panamá, gané un casco rosado. En ese momento solo estaba feliz con el nuevo accesorio. No comprendía todavía lo que ese pequeño símbolo representaba. Conforme fui creciendo y conociendo a la persona que lo portaba, empecé a entenderlo. Desde entonces, sin saberlo, Ilya Espino de Marotta se había convertido en mi referente. Han pasado catorce años.
Hoy ya no juego a ser ingeniera: trabajo con ecuaciones y circuitos, y formo parte del 30% de mujeres que, en América Latina, estudian ingeniería. Desde mi natal Chiriquí, llegué al Instituto Tecnológico de Monterrey con una beca que abrió puertas y que me permite estudiar Mecatrónica. Como ella, desafío estándares desde adentro, en una disciplina donde la presencia femenina sigue siendo minoritaria. La admiré antes de comprender que el solo hecho de admirarla era ya un acto de resistencia, en un mundo en el que todavía falta mucho por hacer para promover la participación de las mujeres en la ciencia y en la tecnología.
La Junta Directiva de la Autoridad del Canal de Panamá otorgó su voto de confianza a una ingeniera con más de cuatro décadas de trayectoria, reconocida por su integridad, vasto conocimiento técnico y compromiso inquebrantable con la institución. Reflexionando sobre su historial, queda claro que se designó a la persona más preparada, con independencia de su género. Justo eso es lo que hace tan poderosa esta decisión. La meritocracia con perspectiva de género no se declara, se demuestra.
La nueva administradora asume el cargo en un momento exigente. El Canal enfrenta una crisis hídrica que amenaza tanto la operación de la vía interoceánica como el suministro de agua para más de la mitad de la población panameña. Entre los proyectos prioritarios figuran la construcción del embalse de Río Indio y el desarrollo de un gasoducto para diversificar los servicios del Canal. Son decisiones con implicaciones macroeconómicas y técnicas que repercuten en mercados mundiales. El hecho de que una mujer conduzca ese timón no es un detalle menor. Es un mensaje.
Verla abordar estos desafíos con determinación, sin perder la calidez que la caracteriza, dice algo concreto a las jóvenes que seguimos sus pasos. Las mujeres podemos liderar proyectos de envergadura, ensuciarnos las manos y tomar decisiones difíciles sin renunciar a quienes somos. De Ilya Espino de Marotta aprendemos que se puede conducir con empatía y con un casco rosado sin que eso reste un ápice de autoridad, rigor técnico y respeto.
Las mujeres aún enfrentamos barreras para acceder a puestos de liderazgo. A veces el obstáculo es externo: estructuras e instituciones que no favorecen nuestro ascenso ni valoran nuestras capacidades. Otras veces es interno: simplemente no nos proyectamos en esos roles porque nunca hemos visto a alguien como nosotras ocuparlos. Los referentes importan. Por eso importa, y mucho, que el Canal de Panamá, después de más de un siglo de operación, sea administrado por una capaz ingeniera.
Este hito no puede leerse de forma aislada. A nivel nacional, la brecha salarial persiste y la representación de mujeres en juntas directivas sigue siendo insuficiente. El Canal tiene ahora la responsabilidad adicional de convertirse en modelo de políticas laborales equitativas para el sector empresarial y gubernamental. Ser referente logístico global ya no basta. Toca serlo también en equidad.
Sueño con llevar algún día mi propio casco rosado con el mismo orgullo con que ella lleva el suyo, con la certeza de que desde una de las instituciones más sólidas de Panamá se ha abierto una puerta importante. Detrás de Ilya, venimos miles de ingenieras más, dispuestas a aportar talento y experiencia a un proyecto que representa la identidad de todos los panameños.
La autora es estudiante del Instituto tecnológico de Monterrey y Miembro de Jóvenes Unidos por la Educación.


