Mucho se habla en Panamá de la chancleta y de cuánto necesita un niño que hace “pataletas” una buena correa. La verdad es que lo que más necesitan los niños es ser entendidos y contenidos. Siempre me pregunto cómo estamos tan dispuestos a tratar de entender lo que necesita un bebé que llora y lo poco que lo intentamos cuando se vuelve niño y se “porta mal”. Las necesidades son las mismas: alguien que le ayude a comunicar o nombrar lo que le pasa y a contener las emociones que resultan de lo que le ocurre.
Lastimosamente, no vemos al niño igual que al bebé. Un bebé es visto como alguien que no tiene recursos y nos necesita, y el niño como alguien que debe ser corregido. Si bien ambos necesitan ser educados, desde el lenguaje hasta la conducta apropiada, ninguno necesita ser amenazado ni hecho sentir mal para enseñarle a ser un ser humano de bien.
Por ejemplo, la niña está jugando con bloques y estos se caen justo cuando está por terminar. La niña llora desconsolada y empieza a tirar las cosas. La madre empieza a tratar de controlar la conducta con amenazas de castigo. Si miramos detenidamente, lo que le sucede a la niña es que está desregulada: la frustración superó su capacidad para manejar la situación porque la vive como una catástrofe. Lo que necesita en ese momento es que la madre la ayude a entender y volver a regularse.
Así se vería una respuesta más saludable: la madre conecta con la emoción de frustración de la niña, se acerca calmada, se pone a su nivel y le dice: “Uf, qué frustrante es que se caiga la torre” (nombra la emoción) y le ofrece un abrazo. Esto hace que la niña se sienta entendida, le ayuda a saber lo que le sucede y la vuelve a regular.
Con todo esto en mente, queremos iniciar una serie de artículos sobre crianza saludable y, aunque sabemos que este tema puede generar diversas opiniones, queremos compartir con ustedes recomendaciones basadas en estudios que indican qué prácticas de cuidado, protección y educación tienen mayor probabilidad de ayudar a los niños a conocerse, aprender a regular sus emociones y, por ende, sus conductas.
La Dra. Becky Kennedy, psicóloga clínica y autora del libro Good Inside, propone cambiar la manera en que vemos a los niños y sus conductas. Los niños no se portan mal porque sean malos, sino porque aún no tienen las herramientas emocionales para manejar lo que sienten.
El centro de su filosofía es lo que ella llama ser un “ancla firme y cálida”. Ni la autoridad rígida que solo impone sin conectar, ni la permisividad que cede para evitar el conflicto. Los niños necesitan dos cosas al mismo tiempo: límites claros que les den estructura y una conexión emocional que les dé seguridad. Cuando esas dos cosas coexisten, el vínculo entre padres e hijos se vuelve el lugar más seguro del mundo para el niño.
Uno de sus principios más prácticos es validar antes de corregir. Antes de explicar, razonar o poner el límite, el niño necesita sentir que su emoción fue vista. Decir “entiendo que estás enojado” no significa ceder. Significa que el niño no tiene que pelear para ser escuchado. Solo después de esa validación, el mensaje del padre realmente llega.
Kennedy también es muy clara sobre los límites: no se negocian, pero sí se explican. Un padre puede decir “no te voy a dejar pegar” con total firmeza y, al mismo tiempo, reconocer: “Puedes estar enojado, eso está bien”. La emoción es bienvenida. La conducta dañina no. Esa distinción es fundamental, porque le enseña al niño a separar lo que siente de lo que hace.
Otro punto que distingue su enfoque es la reparación. Cuando un padre pierde la calma, grita o reacciona de una forma que no le gusta, Kennedy invita a volver y hablarlo con el hijo: “Perdí la calma y no estuvo bien, lo siento”. Lejos de debilitar la autoridad, este gesto modela exactamente lo que se le quiere enseñar al niño: hacerse responsable de las propias emociones.
Finalmente, la Dra. Kennedy insiste en que el amor nunca debe usarse como herramienta de control. El silencio afectivo, ignorar al niño o retirar el cariño como castigo dañan el vínculo y le enseñan al niño que el amor es condicional. El vínculo debe sentirse seguro siempre, especialmente en los momentos difíciles. Como ella misma resume: “Tu trabajo no es controlar a tu hijo, es conocerlo y ayudarlo a conocerse”.
La autora es psicóloga.

