El Golfo de Guinea y el istmo de Panamá comparten un cordón umbilical invisible que la burocracia colonial española intentó triturar en las notarías de Indias. No pudo. Aunque la historiografía vacila entre veinte o cuarenta etnias africanas succionadas por la trata atlántica, la fría data genética no miente: el tronco akan —con los imperios ashanti y fanti a la cabeza— mudó contingentes a Portobelo y Nombre de Dios bajo el alias genérico de coromantinos, vaciados desde el fuerte ghanés de Kormantin. Aquellos huéspedes forzados aportaron una sofisticada noción de táctica militar que los amos castellanos confundieron con simple indisciplina. El resultado fue el palenque, réplica de la aldea fortificada de la selva subsahariana. Primer tiempo; choque de identidades.
La cultura congo es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. Su drama litúrgico, sus coronas de latón y sus dialectos invertidos, más que postales folclóricas, son el fósil viviente de una resistencia que se pagó al contado y con alegría.
El tejido identitario istmeño es dinámico, indócil y alérgico a la pureza. El 30% de la población se reconoce en su herencia afro —celebrada en el calendario cada mayo—. Se divide en dos vertientes demográficas de nuestro sancocho sociocultural: los afrocoloniales, con apellidos hispanos impuestos por el amo, y los afroantillanos, que desembarcaron siglos después con pasaportes e idiomas marcados por el Caribe anglófono y francófono. Descanso en el camerino; la mezcla se asienta.
El desarrollo humano de nuestra república tan pequeña tendida sobre un istmo no se excavó con discursos ecuménicos. Lo levantaron los brazos de los ayudantes antillanos parados frente a la roca viva del Corte Culebra. Mientras el mito imperial se adjudicaba los planos, la mano de obra caribeña manipulaba la dinamita en la mismísima línea de fuego. Pusieron el pecho ante las detonaciones fortuitas, los deslaves y el rigor de la época del Silver Roll, vergonzoso, que tasaba las planillas, según el color de la nómina. Ellos trajeron el inglés, el francés, la fe metodista y el compás del calipso y la soca. Contragolpe seco del destino.
Esa savia común de los dos mundos, de uno y otro lado del Atlántico, se tropezó, zas, en un laboratorio urbano único: las calles de Colón, las de mi tocayo hermano Pernett. En los años 80, esa juventud tomó prestada la estructura del baking fula jamaiquino y, en lugar de imitarlo, fundó el regué en español. Con Renato y Nando Boom a la cabeza, patearon el tablero comercial y crearon el género. Colón lo parió y Borinquen lo facturó, convirtiéndolo en la industria multimillonaria que hoy las plataformas globales etiquetan como reguetón. La banda sonora de la modernidad se fraguó con similar urgencia rítmica con la que los cimarrones desafiaban al capataz en el palenque. El barrio impone su ley.
En una latitud septentrional y ajena, en este junio caluroso, con El Niño asomado, veintidós hombres se paran sobre el pasto; una delegación uniforme frente al sancocho istmeño, donde la mayoría, aunque no todos, reflejan la herencia afro. Observadores distraídos buscarán estadísticas tácticas en las pantallas; lectores atentos advertirán juego de espejos. En el asfalto de San Miguelito, en los callejones de Mano de Piedra o en El Chorrillo, el eco de Acra y el Golfo de Guinea siguen vivos. Las camisetas con apellidos ancestrales sin traducir de las “Estrellas Negras” se mirarán en el espejo de las camisetas de la “Sele” que llevan grabado el apellido Waterman, Cummings o un apellido castellano heredado de la plantación.
Dos rutas distintas de una dignidad. Unos representan a la matria que preservó el territorio; otros, al crisol que domesticó la diáspora mediante el tambor, la dinamita y el dembow.
El mapa roto se junta de espaldas a la historia oficial. Silbato final.
El autor es periodista y filólogo.


