En diciembre de 1972, a raíz de un recital que ofreció al Gobierno Nacional en el Paraninfo Universitario la más brillante declamadora latinoamericana, Dora Alexandra, de Colombia, el canciller Juan Antonio Tack y el general Omar Torrijos me solicitaron que diseñara la estrategia de la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU (CS), que se celebraría en Panamá en marzo de 1973, para lo cual debía viajar a La Haya, Holanda.
Yo era asesor de ambos en política exterior. El canciller era de ascendencia china, igual que yo, pero su apellido materno era Wong, el cual no usaba por el clima racista que imperaba en el país, atribuido por muchos a la influencia del expresidente Arnulfo Arias.
Tack fue el canciller (1971-1977) más relevante de la historia nacional, por lo que puede decirse que la política exterior y la lucha por la soberanía estuvieron entonces en manos de dos panameños de origen chino.
Durante el CS, Panamá se reunió por primera vez con los dos más altos diplomáticos de China: el embajador Huang Hua y su adjunto, Chou Nan. Ambos fueron posteriormente dos de los cancilleres más importantes de su país.
Chou Nan fue la última persona que vio con vida al general Omar Torrijos en Río Hato antes de su atentado.
Aquilino Boyd era nuestro representante ante la ONU, pero, al parecer, no cultivó relación especial alguna con Huang Hua, lo que se evidenció con su ausencia en Contadora, donde el CS continuaría sus tratativas.
Ante la comunidad china, Huang Hua, con quien conversé ampliamente sobre Panamá y su historia, aconsejó que los chinos residentes aquí debían considerarse prioritariamente panameños, sin olvidar sus orígenes.
Seis meses después, en septiembre de 1973, se celebró la primera Feria Agrícola e Industrial de China en Panamá, y nos sentimos orgullosos de haber sembrado esas semillas hace 53 años.
La reunión del CS estuvo a punto de fracasar desde el primer día.
El canciller inauguró dicho cónclave con un discurso que fue criticado duramente, especialmente por el embajador de Egipto, quien, sumamente disgustado, propuso suspender la sesión hasta la semana siguiente.
En su discurso inaugural, nuestro canciller sugería la posible neutralización de los canales internacionales, una idea de Jorge Illueca, en medio de una agria polémica que mantuve con este ante el canciller Tack y, telefónicamente, con Omar Torrijos.
Illueca, exembajador ante la ONU, proponía que todos los canales internacionales debían ser neutralizados. Me opuse rotundamente a tal idea por considerarla imposible, imprudente y fuera de contexto. Además, constituía una intromisión inaceptable en los asuntos internos de Egipto, lo que motivó la airada reacción de su embajador.
En la polémica no intervinieron en ningún momento funcionarios de la Cancillería, como Diógenes de la Rosa, el ingeniero Rodrigo Noriega y Omar Jaén Suárez.
Pese a mi opinión, el canciller decidió seguir adelante con la propuesta, dado que Boyd e Illueca “llevaban décadas en la ONU” y yo era, supuestamente, “un recién llegado”.
El canciller me había asegurado que, si tal propuesta fracasaba, enseguida impulsaría la que yo sugería, que era la más “dura”.
Con el cierre abrupto de la sesión, se percibía preocupación entre algunos embajadores de Centroamérica que temían una reacción adversa de Estados Unidos. Estos abordaron al canciller Tack a una encerrona a la cual no pude entrar.
Al terminar la sesión, cerca de la medianoche, el canciller me confesó estar “aburrido” por la falta de patriotismo de sus colegas, a lo cual respondí que ese era problema de ellos y no nuestro. Nosotros debíamos ir contra la marea, si fuera necesario.
Me pidió tomar el primer avión a Contadora al día siguiente para seguir trabajando.
Muy temprano, escuché el avión de Torrijos cuando llegaba a Contadora. Al verme, me preguntó:
—¿Cómo te fue en La Haya?
Le respondí que bien, pero que necesitaba hablar con él en privado, sin escoltas, periodistas ni grabadoras.
En efecto, Omar me invitó a pasar a un gran salón del hotel. Allí le hablé pormenorizadamente de los peligros que enfrentábamos en aquella coyuntura y de la posibilidad de perder el apoyo de la mayoría a nuestra causa en una reunión imposible de repetir. Era la segunda vez en la historia que el CS se reunía fuera de su sede en Nueva York. La primera había sido en Adis Abeba, Etiopía.
Omar me escuchó con atención durante 75 minutos, sin proferir palabra, y al final solo preguntó:
—¿Así es la cosa?
Le contesté:
—¡Así mismito es!
Acto seguido, me autorizó decirle al canciller que “Julio Yao tiene luz verde”, lo cual incluía que yo redactara la resolución final.
Durante la cena, el canciller Tack me esperaba rodeado de embajadores; entre ellos, Raúl Roa, canciller de Cuba; Ricardo Alarcón, embajador de Cuba ante la ONU; Ignacio Golob, de Yugoslavia; el general Miguel Ángel de la Flor Valle, del Perú, y otros representantes de Argelia e India.
Muy relajado, Tack me esperaba con una silla a su lado y me pidió, sin saber que ya yo había hablado con Omar, que antes de cenar le escribiera un memorándum para Torrijos en el que resumiera los puntos clave de la problemática.
Me encerré en un cuarto casi sin luz y sin máquinas de escribir, y redacté a mano un memorándum de 13 páginas.
Le entregué el documento al canciller y este se lo llevó a la habitación de Omar a las 10:00 p.m.
Al día siguiente compartimos nuestra posición y el respectivo proyecto de resolución con Huang Hua y con el embajador del Perú, nuestros enlaces con el CS.
El proyecto de resolución brindaba pleno apoyo a Panamá en su conflicto con Estados Unidos. Sin embargo, el embajador de Washington, John Scali —quien fue fotografiado por Ruperto Miller recogiendo una colilla de cigarrillo del suelo— vetó la resolución.
Durante el cierre del CS, el canciller Tack manifestó que, si bien “Estados Unidos había vetado la resolución, el mundo había vetado a Estados Unidos”.
El autor es exdiplomático y analista internacional.

