Confieso que no siempre soy una buena persona. Antes de que alguien se escandalice, tampoco soy mala. Soy algo más complicado: humana.
Tengo valores y procuro vivir de acuerdo con ellos, aunque una cosa es conocerlos y otra ponerlos a prueba cuando estoy molesta, cansada o con el orgullo haciendo horas extras. He pensado cosas que después me hacen preguntarme: «Indhira, ¿era necesario?». No siempre me gusta la respuesta.
Por eso hablo de ética sin pedestal. Hablo de lo que creo, de lo que intento practicar y también de las veces que he fallado. Los valores se prueban cuando la vida aprieta. La teoría es preciosa hasta que llega la vida a hacer el examen.
Estudié Filosofía, pero Sócrates no se instaló en mi cabeza para impedirme cometer errores. También me rompieron el corazón y tomé decisiones sentimentales cuestionables. Hay heridas que una no supera leyendo a Sócrates: se superan viviendo. Uno puede llorar por lo que perdió sin poner una hamaca en la pérdida.
Me gusta la comida criolla, bailar, ver fútbol, algún bochinche de farándula y, de vez en cuando, un par de frías. Y sí: me pongo brava cuando pierdo la lotería. Llega el domingo, no salen mis cuatro números y Aristóteles queda suspendido de funciones. Miro la pantalla como si hubiera cometido una injusticia personal. Después respiro.
También digo groserías. No voy a mentir para quedar bien en una columna sobre valores. Hay momentos en que una palabra de esas sale con una precisión casi quirúrgica. Después pienso que quizá Aristóteles tenía razón en aquello de la virtud como hábito, así que vuelvo a intentarlo.
No siempre reacciono con la serenidad que recomendaría en Ética. A veces mi orgullo llega primero y mi sensatez tiene que coger taxi. Pero crecer no consiste en volverse impecable. Quizá consiste en darse cuenta más rápido de cuándo uno está siendo un idiota.
No toda crítica merece convertirse en una sentencia sobre quién soy. Si me equivoco, escucho; si hay un argumento válido, lo considero. También puedo decir: «No estoy de acuerdo».
Una persona puede tener seguridad sin creerse superior. Puede estar orgullosa de un logro sin despreciar a quien todavía no lo alcanza. Puede decir «esto me costó y lo hice» sin decir «soy mejor que tú». Mi seguridad no significa saberlo todo; significa poder defender mi proceso.
Y cuando mi proceso no perjudica a nadie, no voy a reducir mis esfuerzos para que otra persona se sienta cómoda. ¿Por qué puede molestarle a alguien el proceso de otra persona cuando no le afecta? Puede ser comparación, inseguridad o diferencia de criterios. No me corresponde diagnosticarlo.
Escribo desde mi experiencia y defiendo mis ideas con argumentos. Tener razones no es tener toda la razón. Argumentar no es imponer. Pensar no es sentenciar. Y cambiar de opinión cuando aparece una razón mejor tampoco es perder; es pensar de verdad.
Que me publiquen en Opinión no me convierte en dueña de la verdad. Me prestan un espacio; quien me lee puede coincidir o disentir. No todo texto es una indirecta. No toda reflexión tiene destinatario.
Soy docente del Meduca y todavía me causa gracia que algunos imaginen que vivimos forrados en dinero. Una sale con papeles, materiales y preocupaciones. Aparentemente, debajo de la cama hay una bóveda. Yo sigo buscando esos millones. Si alguien los encuentra, que me avise.
También tengo plan B: a veces fantaseo con pasear perros en Europa. Sí: yo, profesora de Filosofía y Lógica, caminando con tres golden retrievers y filosofando sobre las deposiciones de un can. «¿Existe el ser?». No sé. Pero el perro acaba de demostrar que existe.
No romantizo la pobreza, la decadencia, los malos ratos ni las malas decisiones. Una dificultad puede explicar una etapa, pero no define necesariamente una identidad. Si existe la posibilidad de mejorar, es válido intentarlo. No siempre será rápido ni sencillo: las circunstancias también pesan. Pero difícil no significa imposible.
Quien todavía no esté preparado para cambiar tampoco debe ser despreciado. Cada persona tiene sus tiempos. Lo que nadie debería hacer es convertir su frustración en una condena para quien decide avanzar. A veces, cuando alguien cambia, no está despreciando a quienes se quedaron atrás; simplemente intenta no quedarse atrás de sí mismo.
Me equivoqué, lloré, me enojé y seguí. No porque sea mejor que nadie, sino porque sigo aprendiendo a vivir con lo que me toca. Avanzar no significa que nada dolió; significa que el dolor no consiguió quedarse con nuestra vida.
Soy profesora, panameña, aspiro a ser escritora y soy imperfecta y consciente de mis contradicciones. No pretendo tener la razón absoluta. Pretendo tener razones. Y si mañana aparece una razón mejor, espero tener la humildad suficiente para cambiar de opinión.
Eso también es pensar.
Y, si Dios quiere, pegar los cuatro números en la lotería del próximo domingo. Porque una cosa es tener principios. Y otra muy distinta es tener la jugada ganadora.
La autora es profesora de filosofía.

