La selección de fútbol de Panamá ha quedado eliminada del Mundial de Fútbol 2026. El hecho, aunque doloroso, debe analizarse con serenidad, madurez y sentido deportivo, lejos de los extremos emocionales que suelen dominar el debate público después de una derrota.
En toda competencia deportiva existen solo dos actitudes posibles: ir a participar o ir a competir. Panamá no fue un simple invitado; salió a competir. Y, desde ese punto de vista, los panameños debemos sentirnos razonablemente satisfechos. El equipo mostró entrega, orden, esfuerzo y, sobre todo, pundonor. No se escondió, no renunció al juego y defendió la camiseta con dignidad, valores que nunca deben ser subestimados en el deporte de alto nivel.
Mención especial merece la barra panameña, esa afición leal que acompañó a la selección en las buenas y en las malas, que alentó sin condiciones y que convirtió los estadios en un espacio de identidad nacional. El hincha panameño estuvo a la altura del evento mundialista, demostrando que el fútbol también se gana en las gradas, con respeto, pasión y orgullo.
Ahora bien, reconocer el esfuerzo no significa renunciar al análisis. El deporte que progresa es el que se examina con honestidad. No podemos acostumbrarnos a perder y celebrarlo, ni confundir la crítica objetiva con deslealtad o antipatriotismo. Cuando se compite, se está inevitablemente sujeto al escrutinio técnico, táctico y estratégico. Analizar errores, señalar carencias y exigir evolución no debilita a la selección; por el contrario, la fortalece.
La crítica seria, fundamentada y respetuosa es una forma de compromiso con el futuro del fútbol panameño. Callar por complacencia o exagerar por frustración son dos caras del mismo error. El reto está en encontrar el equilibrio: valorar lo alcanzado, corregir lo que faltó y elevar el estándar de lo que aspiramos a ser como selección y como país futbolero.
Panamá ha demostrado que puede competir. El siguiente paso es creer que puede trascender, pero eso solo se logra con autocrítica, planificación y una cultura deportiva que entienda que el orgullo nacional también se defiende pensando, no solo aplaudiendo.
El autor es abogado.

