La clase media panameña fue durante años el motor del crecimiento económico del país. Es la que estudia, trabaja con uno o dos empleos para poder sobrevivir, emprende, paga impuestos, consume, sostiene negocios y sigue buscando oportunidades para el futuro, para las nuevas generaciones. Pero hoy vive bajo presión y sin calidad de vida.
Muchos hogares sienten que trabajan más y avanzan menos. El costo de vida, calculado en B/.1,064.00 mensuales, golpea el bolsillo de los panameños, muchos de ellos con un salario promedio de B/.734.00 (UP, 2026). Los salarios pierden poder adquisitivo y cada vez alcanzan menos. El empleo formal se desacelera y cada vez más profesionales viven con incertidumbre. La preocupación ya no es crecer o movilizarse socialmente: el milagro es poder mantenerse.
Cuando la clase media se debilita, todo el país pierde posibilidades y estabilidad. Reconocemos que ha sido un tema olvidado por años, pero no podemos seguir volteando la mirada sin actuar para mantener la clase media a flote, con capacidades y oportunidades. No se trata de regalar, porque en economía no existe tal “almuerzo gratis”. El debate nacional muchas veces se concentra entre pobreza y grandes inversiones, pero se olvida de quienes sostienen el sistema: docentes, pequeños empresarios, profesionales independientes, trabajadores del sector privado, jóvenes graduados y familias que hacen enormes esfuerzos para educar a sus hijos, pagar una vivienda y llegar a fin de mes. Sin dejar de mencionar el grave problema de acceso a agua potable.
Salvar a la clase media no es un discurso político ni un lema de campaña. Es una necesidad económica y un objetivo de política pública. Panamá necesita crear oportunidades reales de movilidad social, con empleos. Sin empleo privado fuerte, no existe una clase media sostenible. El país debe enfocarse en mejorar servicios básicos, atraer inversión extranjera, generar sustancia en dichas inversiones, facilitar la apertura de empresas locales, impulsar sectores productivos más allá de la logística y generar confianza para que el sector privado vuelva a contratar.
También debemos reducir el costo de vivir en Panamá mediante mayor productividad, producción local, competencia y más mercados. La energía, los medicamentos, la logística, el transporte y algunos alimentos pesan demasiado sobre el presupuesto familiar, que ya no estira. Imaginemos el escenario desfavorable para una persona que no encuentra empleo.
Una economía que crece pero genera desigualdades y se encarece solo crea obstáculos y más pobreza. Tenemos que lograr que las familias accedan a bienes y servicios, satisfagan necesidades básicas y encuentren espacios y mercados locales en cada comunidad, donde los productores estén presentes ofreciendo sus productos.
La educación de calidad también es clave. Muchos jóvenes estudian carreras sin conexión con el mercado laboral actual. La tasa de desempleo juvenil a nivel nacional alcanza el 19%, y en provincias la situación es aún peor; por ejemplo, en Panamá Oeste el desempleo juvenil es del 27%. Panamá necesita universidades más vinculadas a innovación, tecnología, idiomas, logística, agroindustria y servicios globales. La academia debe conectarse más con el sector privado, ofreciendo soluciones e innovaciones. Nuestras universidades públicas deben ser ejemplo en publicaciones, capacitaciones y debate nacional.
Otro desafío es el tamaño y la eficiencia del Estado. Un país no puede sostenerse indefinidamente aumentando planillas públicas mientras el sector privado pierde fuerza. La solución no es más burocracia, sino más productividad. Necesitamos un Estado facilitador, motivador y generador de reglas claras. La clase media también necesita acceso a vivienda, créditos y emprendimiento, no más subsidios. Miles de panameños tienen capacidad, talento y ganas de salir adelante, pero enfrentan barreras enormes. Un país que dificulta emprender limita el ascenso social; este emprendimiento debe ser por oportunidad y con acceso a mercados o encadenamientos productivos.
Muchos ciudadanos sienten que hacen las cosas bien, pero el sistema no los recompensa ni los mira. Cuando una sociedad castiga el esfuerzo y premia la conexión política, el amiguismo y el clientelismo, la frustración reemplaza a la esperanza. Salvar a la clase media significa defender la meritocracia en todos los sectores.
Los países más estables y desarrollados no son los que tienen más ricos ni más subsidios en su presupuesto. Son los que tienen una clase media fuerte, optimista, con confianza en las instituciones y con posibilidades reales de progresar y vivir tranquilo. Panamá todavía puede lograrlo con visión a largo plazo, pero requiere prioridades claras, disciplina fiscal, crecimiento económico inclusivo y una visión nacional que vuelva a poner al ciudadano productivo en el centro de la discusión nacional.
El autor es economista.

