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Agua sin precio

Agua sin precio

El director del Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales (IDAAN) renunció en el mes de marzo dejando una frase que debería grabarse en la puerta de la institución: “Estamos en un círculo vicioso: construimos, no damos mantenimiento, se daña y volvemos a invertir.” Esa frase no es un diagnóstico. Es una confesión.

La región de Azuero lleva más de un año sin poder beber agua del grifo. Más de cien mil personas en Herrera y Los Santos dependen de camiones cisterna porque los ríos están contaminados y las plantas potabilizadoras no pudieron responder. El pasado director prometió solución antes de los días patrios. Luego antes del Desfile de las Mil Polleras. Luego antes de carnavales. Nunca llegó. La Asamblea le preparó 55 preguntas. Tampoco llegó a responderlas.

Entre el 45 y el 50% del agua que produce el IDAAN no se contabiliza. La mitad de los usuarios no tiene medidor. La tarifa residencial no se ha revisado desde 1982: según el informe de benchmarking de ADERASA del 2024, el promedio regional latinoamericano ronda los 0.60 a 1.00 dólares por metro cúbico, tres a cinco veces más de lo que cobra el IDAAN. Las embotelladoras le compran diez mil galones por $11.50 y producen con eso cincuenta mil botellas. De un presupuesto institucional de $358 millones, más de la mitad viene del fisco, no del grifo. Esto es lo que Ludwig von Mises identificó como el problema del cálculo económico: sin precios reales, ningún gestor puede asignar recursos racionalmente. No importa cuánta buena voluntad tenga. Sin la señal del precio, opera a ciegas.

Sin precio, no hay cálculo. Sin cálculo, no hay mantenimiento racional. El IDAAN no puede saber dónde pierde agua porque no la mide. No puede priorizar reparaciones ni cobrar: no sabe cuánto cuesta cada fuga y la tarifa es política, no económica. Cada director que llega hereda el mismo vacío informacional y lo administra con la misma ceguera.

Esto no es un problema de pobreza. Panamá tiene un Producto Interno Bruto (PIB) per cápita superior al de Camboya, país donde un ingeniero llamado Ek Son Chan tomó en 1993 un acueducto destruido por décadas de guerra y lo convirtió en una empresa rentable cotizada en bolsa. Cuando Chan llegó, el 72% del agua de Phnom Penh se perdía. Instaló medidores en cada conexión, cobró a todo el mundo incluyendo generales que lo amenazaron con armas, computarizó la facturación y redujo las pérdidas al 8.75%. La cobertura subió del 25 al 90%. El secreto no fue dinero: fue cobrarle a los generales que lo amenazaban y no rendirle cuentas al ministro de turno.

Panamá tiene agua de sobra. Lo que no tiene es un sistema de precios que permita gestionarla. Mientras la tarifa siga congelada desde el año 1982, mientras la mitad de las conexiones sigan sin medidor, mientras el presupuesto del IDAAN dependa de la generosidad política del turno, cada director nuevo repetirá el círculo que el ex director describió con tanta precisión antes de irse.

Chan tardó diez años en convertir el acueducto más destruido de Asia en una empresa rentable. El director nombrado a inicios del gobierno, tardó más de año en renunciar. La diferencia no fue el ingeniero. Fue el precio.

El autor es director de la Fundación Libertad.


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