En 2014, tuve el honor de presidir la Fundación para el Desarrollo Económico y Social de Panamá (FUDESPA). En ese momento, junto a un importante grupo de profesionales y expertos de distintas disciplinas, impulsamos una serie de estudios sobre políticas públicas y temas de Estado fundamentales para el futuro del país.
Uno de los estudios más importantes fue el relacionado con las cuencas hidrográficas, el agua potable y el alcantarillado. Han pasado más de doce años desde aquel diagnóstico, y es triste ver cómo muchos de los problemas señalados entonces no solo continúan, sino que, en muchos casos, han empeorado.
El documento advertía claramente sobre la pérdida de aproximadamente un 40% del agua potable debido a fugas, deficiencias administrativas y falta de control. También señalaba la obsolescencia de gran parte de la infraestructura, la débil coordinación institucional, el deterioro de las cuencas hidrográficas, la contaminación de las fuentes de agua y la creciente politización de la gestión del recurso hídrico.
No era falta de diagnóstico. Panamá sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo.
El estudio también advertía que el crecimiento poblacional, el aumento de la urbanización y el cambio climático ejercerían cada vez más presión sobre el sistema. Hoy, en 2026, vivimos precisamente esa realidad: comunidades enteras que pasan largas horas sin agua, crisis recurrentes en distintas provincias, redes de distribución colapsadas, ríos contaminados y ciudadanos frustrados por un servicio que debería ser básico y confiable.
Lo más preocupante es que seguimos discutiendo prácticamente los mismos problemas de hace más de una década.
Sin embargo, este no debe ser solamente un artículo para lamentarnos del pasado. Debe servir también para reflexionar sobre lo que todavía podemos hacer como país.
Panamá ha demostrado, en otros sectores, que sí puede construir instituciones eficientes, técnicas y de clase mundial. El mejor ejemplo es el Canal de Panamá. Guardando las enormes diferencias entre ambos sectores, el Canal representa una prueba contundente de que, cuando existe autonomía real, continuidad administrativa, meritocracia y visión de largo plazo, Panamá puede administrar exitosamente activos complejos y estratégicos.
¿Por qué no aspirar a algo similar en el manejo del agua potable?
El problema del agua en Panamá ya no puede abordarse únicamente como un tema político o burocrático. Debe verse como un asunto de seguridad nacional, salud pública, competitividad económica y estabilidad social.
El Idaan necesita mucho más que ajustes superficiales. Panamá debe abrir una discusión seria sobre una nueva institucionalidad del agua: una entidad verdaderamente autónoma, moderna, profesional y financieramente sostenible, con una misión profundamente social, pero administrada con eficiencia, transparencia y visión de largo plazo.
No hablo de privatizar el agua. Hablo de algo distinto: un modelo de emprendimiento social aplicado al servicio público.
Es decir, una institución pública con disciplina empresarial, capacidad técnica, independencia política operativa y obligación de reinvertir sus recursos en mejorar el sistema, expandir la cobertura, modernizar redes y proteger las cuencas hidrográficas.
El agua potable no puede seguir administrándose bajo ciclos políticos de cinco años.
La nueva visión debe incluir varios pilares fundamentales: protección científica de las cuencas hidrográficas; modernización de las redes de distribución; reducción de pérdidas y fugas; fortalecimiento técnico del recurso humano; uso de tecnología y micromedición; transparencia administrativa; y alianzas inteligentes con el sector privado cuando sean necesarias para acelerar soluciones.
El propio estudio de FUDESPA insistía en la importancia del manejo integrado de las cuencas. Sin cuencas sanas, no habrá agua potable sostenible. Reforestar, ordenar territorialmente, controlar la contaminación y proteger las fuentes de agua no son temas ambientales secundarios; son inversiones estratégicas para el futuro del país.
También debemos cambiar nuestra cultura alrededor del agua. Durante muchos años hemos actuado como si el agua fuese infinita. Panamá tiene abundantes recursos hídricos, pero eso no significa que sean eternos ni que puedan seguir administrándose con improvisación.
El agua será uno de los grandes desafíos globales del siglo XXI. Y Panamá todavía tiene la oportunidad de adelantarse, corregir el rumbo y construir una institución que las futuras generaciones puedan admirar, así como hoy admiramos al Canal de Panamá.
No necesitamos más diagnósticos. Muchos ya existen y fueron correctamente elaborados hace años. Lo que necesitamos es voluntad nacional, continuidad y visión de Estado para ejecutar soluciones.
El agua no puede seguir siendo un tema de gobierno. Tiene que convertirse en un verdadero tema de nación.
El autor es empresario, consultor y caballero de la Orden de Malta.


