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Afropanameñidad, derechos y justicia

Afropanameñidad, derechos y justicia
El día de las trenzas

Durante el Mes de la Etnia Negra, las instituciones públicas despliegan una agenda que celebra la presencia afrodescendiente en la historia nacional. Bailes, música, vestimentas tradicionales y gastronomía ocupan el centro de la escena. Durante siglos, la cultura afro ha sido estigmatizada, invisibilizada o reducida a estereotipos, de manera que estas expresiones han constituido formas de resistencia que han permitido la preservación de identidades, la transmisión de saberes y la construcción de comunidad. Pero, precisamente por su carácter histórico y político, no pueden ser despojadas de contexto ni convertidas en un espectáculo vacío.

Si la conmemoración se agota en lo festivo, puede convertirse en una exhibición que no interpela, no cuestiona y, por tanto, no transforma. Celebraríamos la cultura mientras no se nombran el racismo, las desigualdades ni la discriminación racial que estructuran la vida de miles de afropanameños.

El punto de inflexión que debemos asumir es que el ahora denominado Mes de la Afropanameñidad transite de una lógica solamente celebratoria a un enfoque de derechos humanos, particularmente de derechos culturales.

El reconocimiento de estos derechos exige que el Estado genere las condiciones que les permitan a las poblaciones afropanameñas practicar sus culturas y que estas sean valoradas sin estigmas. Requiere que se garantice la igualdad y la no discriminación en todas las dimensiones de la vida pública y privada; que se fomente su participación e incidencia real en las políticas públicas que les afecten, y que se respeten las expresiones identitarias visibles que acompañan su vida cotidiana o sus creencias religiosas (como los vestidos y peinados ancestrales).

Por ello, la conmemoración debe asumirse como un espacio de diagnóstico, como lo están haciendo las organizaciones afro de la sociedad civil: ¿Cuál es la situación de los derechos de la población afrodescendiente? ¿Qué ocurre con el acceso al empleo, a la educación, a la salud y a la justicia? ¿Cómo se expresa el racismo en estos ámbitos?

Un enfoque público en clave de derechos y justicia cultural implica, en primer lugar, nombrar el problema. El racismo en Panamá es estructural y se expresa en desigualdades educativas, laborales, sanitarias y territoriales, así como en la subrepresentación en espacios de poder. Negarlo o invisibilizarlo solo contribuye a su reproducción.

En segundo lugar, las instituciones públicas —apoyando a Senadap— deben asumir un rol activo en la identificación y eliminación de barreras estructurales que limitan el ejercicio de los derechos humanos y culturales de la población afrodescendiente en los ámbitos de su competencia. Esto supone revisar políticas, presupuestos, currículos educativos, mecanismos de participación, recepción de denuncias, solución de casos y sistemas de información cultural, incorporando enfoques antirracistas, interseccionales y de derechos.

En el ámbito educativo, los colegios deben integrar contenidos y procesos pedagógicos que permitan comprender la historia de la diáspora africana, el legado afropanameño en la construcción del país y las dinámicas contemporáneas del racismo. Una reforma educativa que no incluya la diversidad cultural del país no puede formar ciudadanía crítica ni construir democracia.

Este cambio de enfoque, además, es un compromiso internacional que Panamá ha asumido. El Segundo Decenio Internacional para los Afrodescendientes (2025-2034), proclamado por Naciones Unidas, plantea como ejes centrales el reconocimiento, la justicia y el desarrollo. No se trata solo de visibilizar, sino de garantizar derechos y transformar las condiciones históricas y estructurales de la desigualdad. El reto nacional será traducir ese compromiso en políticas públicas concretas.

El Mes de la Afropanameñidad puede seguir siendo un momento de celebración y, a la vez, constituir espacios de discusión crítica sobre justicia, derechos, memorias y reparaciones. Un mes para reconocer la riqueza cultural afrodescendiente y para confrontar las injusticias que la atraviesan. La verdadera medida de su relevancia no está en la calidad de los espectáculos, sino en su capacidad para abrir discusiones incómodas y producir transformaciones reales.

Celebrar es necesario. Pero es, claramente, insuficiente.

El autor es docente universitario, investigador y gestor cultural.


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