El intrépido explorador de Pedrarias Dávila, Tello de Guzmán, fue quien finalmente dio con el no muy favorable sitio para el asentamiento de la ciudad de Panamá, motivado quizás por la propia desesperación de la hueste española; abrumados por no encontrar una región más seca, libre de plagas y con un mejor puerto.

En 1515, Tello de Guzmán bautiza  al pueblo de indios a orillas del río que los españoles llamaron Chepo, actual Bayano, conmemorativo de la rebeldía por la libertad de los esclavos. No obstante, en 1563, Juan Vásquez de Córdova, formalmente, funda San Cristóbal de Chepo, en la misma orilla visitada años atrás por Tello de Guzmán.

La villa de Chepo fue atacada en varias ocasiones por piratas, cimarrones y por indios. El sargento mayor Alonso de Alcahudete pudo rechazar uno de los ataques más contundentes, por parte del mercenario La Sonda, siendo este rechazado con numerosas bajas. Años después, los piratas Bartolomé Sharp, Juan Watling, Eduardo Bullman y el mestizo García saquearon Chepo, ocasionando grandes estragos entre la población.

A raíz de la experiencia, Chepo fue fortificado con una empalizada, un foso para cañones y la construcción del fuerte El Terable en 1685. La región de Chepo y Pacora era el granero de abastecimiento de la ciudad de Panamá, y el Puente del Rey cumplía el propósito para conectar a la ciudad con esa importante región.

El río Chepo era la puerta de entrada al Darién colonial. Sus orígenes permiten la comunicación con ríos que van a la vertiente del Caribe. Por sus aguas resultaba fácil llegar a Panamá. Como ruta aurífera, de contrabando, y movimiento de gentes, era una vía muy favorable.

Los bugue-bugue, indios de guerra, los actuales gunas, nunca fueron dominados por las tropas españolas. Eran los dueños del Darién histórico. Cuando la indiada descendía la cordillera para atacar al fuerte San Rafael de Terable, la guarnición era puesta en zafarrancho de combate. El redoble de tambores era el llamado a la tropa, que anunciaba la tragedia en ciernes. Los aldeanos corrían despavoridos a esconderse en la montaña.

Hoy en nuestros días, el fuerte languidece. Permaneció oculto por muchos años. De sus escombros solo se aprecian gran cantidad de tejas de lo que fue el techo y restos de lo que fueron sus gruesos muros defensivos.

Hacemos un llamado a tambor batiente, para que nuestras autoridades responsables del patrimonio histórico vayan en su auxilio y no permitamos que el tiempo vuelva a cubrir sus añejas piedras con el manto del olvido.

El autor es explorador y conservacionista