Hace 50 años, me convertí en un líder estudiantil popular, al dirigir las primeras manifestaciones callejeras y cerrar la Escuela Secundaria de Las Tablas por una semana, con apoyo del club de padres de familia, que presidía Tomasito Cano; del profesorado y el director del plantel, Edwin Molina Jaén.
Reclamábamos la construcción de seis aulas, algo que hace 50 años era la prioridad de la escuela y del pueblo, pero no teníamos respuesta del gobierno de Marco Robles. Para resumir los hechos, me remito al comportamiento de Carlos Sucre Calvo, ministro de Educación, quien amenazó a los docentes y al director con destituirlos por apoyar a los estudiantes. Era el año escolar 1966, y se vivían momentos cruciales por el asesinato del estudiante colonense Juan Navas Pájaro. Todo lo que “oliera” a paros estudiantiles era rechazado por el ministro de Educación, que había sido un líder estudiantil y del Movimiento Nacionalista Acción Comunal, pero en ese momento encarnaba un conservatismo recalcitrante. “Yo no hablo con estudiantes y menos en paro”, escribió en un telegrama transmitido al director Molina.
El mío fue un liderazgo natural, por necesidad, que unió a los tableños y nos llevó a la huelga. Cuando la planteamos en reunión general del club de padres de familia solo tuvimos la oposición de Jorge Azcárraga, fiscalizador provincial y padre de una de mis compañeras graduandas, quien argumentó que podíamos perder el año escolar y, con ello, el derecho a graduarnos. “¿Por qué no hacemos estas manifestaciones en febrero para que nuestros hijos no pierdan clases?”, dijo. Enseguida, como un resorte, se levantó el Dr. Joaquín Pablo Franco Sayaz y le dijo: “¿Tú estás agu... o te la tiras? ¿Qué efecto tiene un paro en vacaciones?”. Luego, José H. López Castillero, alcalde de Las Tablas, arengó a favor de la huelga. Lo que después le costó el puesto.
Recibí el apoyo de la dirigencia estudiantil del plantel, entre otros, de Pablo A. Franco Muñoz y Efraín Medina González, graduandos; Jaime Mora Solís y Roberto Velarde Batista, pregraduandos, e incluso del recién jubilado director Juan Velarde. Fueron unas jornadas de políticas pueblerinas que nunca se habían vivido en Los Santos. La solución llegó cuando el diputado Edwin H. López Cedeño gestionó una reunión con el presidente Robles, en el Palacio de Las Garzas, a la que asistimos Cano, Molina y mi persona. También fue el diputado Ovidio Díaz. Salimos con la promesa de construcción de las seis aulas, entregadas dos años después.
Las consecuencias políticas las pagué un año después, al intentar estudiar ingeniería eléctrica en el Instituto Tecnológico de Lowell, en Massachusetts, en razón de que dos profesores y “algún buen tableño”, me acusaron de comunista, por lo que me negaron la visa.
Me formé en cultura y política, en la Universidad de los Andes (Colombia), a la que llegué por recomendación de mi primo, Everardo Valalito Decerega Villarreal (recién fallecido). Allá me conocían como “Panamá”, pues llamarme por mi nombre Lisímaco era como tragarse un purgante. Me distinguí como cantante del coro universitario y miembro del consejo editorial del periódico estudiantil Séneca, que imprimíamos en la Editorial Colombia Nueva, del Partido Comunista Colombiano, no por ser comunistas, sino por lo barato. También fui miembro del directorio estudiantil universitario y combatimos en las calles al ministro de Educación del vecino país, Octavio Arizmendi Posada, ya difunto.
Era el querer de mi padre que yo fuera ingeniero eléctrico, no político. Cuando regresé, me preguntó mi abuelo, Jacinto López y León: “¿En qué bufete vas a trabajar?” y agregó: “Carlos Lucas te puede emplear en Galindo, Arias y López”. Le contesté: “Abuelito Chinto, yo no estudié derecho, estudié política”. Su respuesta fue: “Nieto, estudió para nada, porque para hacer política, hay que tener plata en el bolsillo y eso usted no la tiene”.
Felicito a los alumnos del Colegio Manuel María Tejada Roca, porque 50 años después despertaron y regresaron a las calles para reclamar la justa atención a necesidades que las autoridades les siguen negado.