Es uno de los recuerdos más traumáticos de cualquier persona y es fuente de cicatrices imborrables en el alma. Las huellas del acoso laboral, escolar y familiar, ya sea físico o psicológico, son en gran parte las responsables del sufrimiento silencioso que taladra la autoestima y el sentido de pertenencia que debe poseer un individuo sano. Nuestra sociedad tiene un historial de tolerancia e, incluso, de fomento del acoso y el hostigamiento. El uso de términos como “llorón”, “ñañeco”, “bobo”, “congo” y muchos otros enmascaran la complicidad con el abuso. Los medios digitales y las redes sociales han magnificado el problema, ya que este no termina cuando se llega a casa, se cierra la puerta o se apaga el celular. Los daños son invisibles y acumulativos hasta que sobrepasan el punto de inflexión y sobrevienen los suicidios, la depresión, la violencia, las adicciones y las conductas de alto riesgo que laceran la dignidad humana. En el mundo en que vivimos casi todos hemos sido víctimas o testigos de cómo terceros sufren estos vejámenes, al igual que posiblemente también hemos hostigado, voluntaria o involuntariamente. Para detener el acoso y salvar vidas se necesita que más personas sean solidarias, lo denuncien y lo combatan, a través de propuestas como el nuevo Protocolo Escolar de Actuación ante situaciones de bullying, avalado por el Meduca. Estas son las iniciativas que construyen un mejor país.