Durante muchas décadas los panameños y extranjeros convivieron pacíficamente en Panamá, pero desde hace algunos años empezaron a surgir problemas. Ahora la diferencia radica en el cómo y por qué llegan los inmigrantes, y en la actitud que algunos tienen hacia el país que los acoge.
En primer lugar, se debe tener cuidado al catalogar a los panameños como “frescos”, pues ese epíteto no es aplicable a todos ni es tan cierto, si analizamos los antecedentes históricos, sicológicos, sociales, económicos y jurídicos de nuestro país. Los panameños hemos vivido protegidos en una burbuja, pues nuestros momentos históricos se distancian de forma significativa del resto de América. La economía local se basa en el comercio, en el tránsito, transporte y otras plataformas que usan la privilegiada posición geográfica del país, y ha sido fuerte, especialmente, en los últimos 50 años.
Por eso, nuestra idiosincrasia es pacifista y rara vez nos enojamos, pero si llegamos a ese punto, pronto recobramos la tranquilidad. Tampoco hemos experimentado esas razones de sobrevivencia que impulsan a los extranjeros a venir para quedarse aquí.
En realidad los panameños no hemos necesitado salir del país, salvo para pasear, estudiar o trabajar. Por desgracia, nuestro principal problema es que aun siendo un país próspero, económicamente, tenemos más de 40 años de atraso educativo y la prueba de esto es clara. Cada gobierno improvisa una fórmula para atender ese desfase, sin comprender que educar es algo continuo, porque se enseña para evolucionar y se aprende para formarse; que la información solo es una parte del proceso y esa pesa en la educación, pues el contenido de lo que se imparte es propio de un mundo que ya no existe. Al no educar con pensamiento crítico, flexible y evolutivo para adaptarse a los cambios, limitamos las oportunidades de la gente, y al no usar las capacidades que cada persona posee, desperdiciándolas con la evaluación tradicional y aprendizajes mínimos, tampoco garantizamos el éxito de nuestra gente, dejándola a merced de los vaivenes políticos.
En consecuencia, la distribución de la riqueza del país es una de las peores de América y eso hace que la prosperidad, que es vital para todo país desarrollado, sea tan deficiente en el istmo. Esa es la razón de la desigualdad de oportunidades. Por esto es que hay una distancia enorme entre extranjeros y panameños.
Entonces, no es válido tildarnos como xenofóbicos –porque nunca hemos sufrido de ello, solo reclamamos que se respeten nuestros derechos– ni de frescos, cuando lo que hay de por medio es una educación deficiente, y un manejo económico y político que nos ha hecho dependientes.
Mi planteamiento no es una mera excusa, es la explicación profunda de las razones que llevan a que algunos tengan esa percepción. Se critica al panameño que rechaza el abuso patronal y reclama el respeto de los derechos laborales que nos ganamos luchado en las calles; porque no aceptamos que nos paguen una miseria por un trabajo profesional ni que se nos someta a horarios interminables, pues todos tenemos vidas que atender más allá de un trabajo. No vivimos para trabajar, sino que trabajamos para vivir, comer, pasear y cuidar a nuestros hijos y mascotas.
La oleada de personas que llegan al país ha provocado el relajamiento de las normas legales y eso no es correcto. Aunque es cierto que Panamá ha madurado, aún le falta mucho por aprender y resolver. Esta crisis –como todas– nos obliga a aprender más rápido, a evolucionar y reaccionar. Ojalá no sea muy tarde para usar todas las aristas de este fenómeno y lograr un mejor Panamá, tanto para los panameños como los extranjeros que se han refugiado aquí y que aman a este gran país.