Cuando tenía tres años, mis padres decidieron mudarse a la calle 36 Este (nunca entendí esa orientación geográfica), luego de haber vivido en un chalet alquilado en la calle Primera de El Carmen.

Durante mis seis años de primaria en la escuela pública Pedro J. Sosa, la residencia de Belisario Porras, frente al parque que lleva su nombre, formaba parte de mi trayecto diario y, como las clases se impartían en la mañana y en la tarde, eran cuatro las veces que pasaba, de lunes a viernes, junto a la residencia del caudillo de levita.

Durante muchos años creí que Porras —fallecido el 28 de agosto de 1942— había acumulado bastantes ahorros en sus tres mandatos para haber podido adquirir esa hermosa residencia. Hace unos cuantos años me enteré de que, en la década de 1940, el presidente Enrique A. Jiménez, al enterarse de que la residencia de Porras, construida por el gran arquitecto Leonardo Villanueva Mayer, todavía mantenía una deuda con el Banco Nacional, le propuso a doña Alicia Castro, viuda de Porras, comprarle, por un precio justo, la hermosa propiedad de su difunto esposo. Así pasó al Estado la residencia del tres veces presidente de la República y uno de los más sobresalientes constructores de la República de Panamá.

El edificio donde vivimos durante mi infancia, adolescencia y parte de mi vida adulta fue demolido, pero varias veces al año visito los sitios del barrio La Exposición, poblados de recuerdos.

Belisario Porras trascendió más allá de sus tiempos de gobernante porque dejó obras imperecederas. Solo para citar varias, el Hospital Santo Tomás y el barrio La Exposición, así como el Registro Civil. Fue tres veces presidente de la República y el más querido por el pueblo, porque estaba dotado, entre otras cualidades, de una gran sencillez. Escuchaba con atención a quienes se le aproximaban y poseía un extraordinario don de gente. Como expresó de él el poeta y escritor Roque Javier Laurenza, fue el hombre de levita con alma de campesino que, a pesar de su gloria, nunca abandonó ni dejó de sentir un amor extraordinario por su querida patriecita.

El autor es miembro de la Fundación Belisario Porras y expresidente de la República.