Siempre tuve muy claro que para llegar a ser lo que la gente entiende por un gastrónomo o un gourmet, que no es exactamente lo mismo, pero que es un término muy usado, hay que superar una serie de prejuicios que padecemos casi todos los mortales y que adquirimos en nuestra infancia.

Resulta que estos días me he topado con un número no desdeñable de personas conocidas que padecen la misma fobia alimentaria: no soportan el yogur.

Un conocido, octogenario, lo justifica en que “cuando tenía seis o siete años” su madre le dio un yogur y le causó infinita repugnancia. Tiempo ha tenido de comprobar si se la sigue causando, pero lo que no ha tenido es el menor interés en deshacerse de ese tabú infantil.

Más grave me pareció la actitud de dos amigas mías, a quienes conozco por su dedicación a la prensa gastronómica, que confesaron, una, que no le gusta el yogur y la otra reconoció que no lo ha probado en su vida.

Con esa limitación autoimpuesta o con cualquiera otra en este terreno, la capacidad de educar en cocina a alguien queda muy disminuida.

Yo, a lo largo de mi vida, conocí el yogur de farmacia; cuando era niño, se elaboraba y vendía en algunas farmacias. La verdad es que me gustó desde el primer momento, pese a su acidez.

Me encantan los aliños en los que se usa yogur en vez de grasas, al menos en parte.

Insistiré: no conviertan sus manías infantiles en carencias definitivas. No saben la de cosas que se pueden perder.