CREENCIA. Quien tiene fe está acostumbrado a aceptar la presencia de Dios en los lugares sagrados; pero, ¿cuándo consigue reconocerlo en el día a día?

Pensando acerca de esta pregunta, Joanna Laufer y Kenneth Lewis decidieron entrevistar durante dos años a personas de diversas áreas para que contasen cómo la fe puede formar parte de las actividades cotidianas. Les dejo con algunas de estas respuestas:

Cantar es un arte extremamente personal. Un instrumentista normalmente se enfrenta a un elemento externo a él, pero el cantante es su propio instrumento.

Cierta noche de 1989, yo me encontraba enferma, pero no podía posponer el recital. Entonces, poco antes de empezar a cantar, recé y dije: “Dios mío, este trabajo de hoy tiene que ver más contigo que conmigo”.

En aquel momento, yo asumí que iba a cantar solo para Él, y después de aquello ya no me importaba ni el público ni los músicos ni mi malestar físico. Acabó siendo uno de los mejores conciertos que he dado en mi vida.

Es interesante darse cuenta de que, cuando el asunto es Ciencia, aceptamos con mucha más facilidad lo que no podemos ver. Sin embargo, al hablar de un mundo espiritual, siempre aparece alguien queriendo exigir pruebas, testimonios, documentos.

Existe un tipo de mecanismo llamado “cámara de nube” en el que un científico puede observar el trazado de partículas subatómicas; partículas que jamás nadie verá, pero cuya prueba de existencia son precisamente las huellas que dejan en esta máquina. Ahora bien, estableciendo un paralelismo, podremos entender que, aunque Dios jamás pueda ser visto, Él también deja sus huellas en las personas: apenas es cuestión de percibirlas.

En 1938, cuando tenía seis años, un grupo de nazis entró en nuestra casa, en Frankfurt, y se llevó a mi padre a un campo de concentración.

Días después, mi madre me metió en un tren que se dirigía a Francia. Yo aún pienso en la última vez que la vi, diciéndome adiós en la estación, sin que yo pudiese entender bien por qué sucedía todo aquello.

Pasar por una experiencia de estas, siendo aún niño, supone poner al límite la fe que pueda tener uno en un mundo espiritual.

Esto me trae a la memoria una historia del rabino Bal Shen Tov que cuenta que se encontraba en lo alto de una colina con algunos discípulos, cuando vio que un grupo de cosacos atacaba la ciudad y comenzaba a masacrar la población. Viendo a muchos de sus amigos, allá abajo, muriendo y pidiendo misericordia, el rabino exclamó: ¡Ah! ¡Si pudiese ser Dios!

Uno de sus discípulos se volvió hacia él: -Maestro, ¿está queriendo decir que si usted fuese Dios obraría de manera diferente? El rabino miró a los ojos a su discípulo y le dijo:

-Dios siempre tiene razón. Pero si yo pudiese ser Dios, conseguiría entender lo que está ocurriendo.