Nunca he hecho mucho caso a las afirmaciones de que tal o cual cosa es “la mejor del mundo”; sin embargo, hay un caso en el que, por la identidad de los miembros del jurado y el hecho de que entonces la publicidad estaba en pañales, la decisión de unos cuantos me parece digna de tenerse en cuenta.

Me refiero a la votación, propuesta por ese gigante de la política que fue Charles-Maurice de Talleyrand y realizada en el Congreso de Viena (1814 a 1815), para elegir al rey de los quesos. Ganó, como estaba previsto, el suministrado por el ministro de Exteriores de Luis XVIII: un Brie de Meaux.

Talleyrand fue increíble. Sacerdote, ocupó cargos de responsabilidad en el Gobierno de Francia con Luis XVI, durante la revolución, con Napoleón, con Luis XVIII y, en la “monarquía de julio”, con Luis Felipe.

Francia, como derrotada (Napoleón había sido enviado a la isla de Elba), no había sido invitada a una reunión en la que sus vencedores, capitaneados por el austríaco Metternich y el inglés Castlereagh, no preveían la participación francesa; pero el flamante ministro de la restaurada dinastía borbónica consiguió no solo estar presente, sino manejar el cotarro en su beneficio. Se le ocurrió organizar una competición entre los quesos de los países participantes, una treintena. Y se hizo llevar a la capital del imperio austríaco un Brie de Meaux. Pese al Stilton aportado por Castlereagh, el Brie fue proclamado roi des fromages et fromage des Rois, rey de los quesos y queso de los reyes.