La proposición de “voy a ver una película” ya no suena tan extraña en los labios de los no videntes.

Es que desde hace cuatro meses los éxitos de la pantalla grande se disfrutan en los modestos asientos de la sección Braille de la Biblioteca Interamericana Simón Bolívar de la Universidad de Panamá (UP). Para la ocasión, las mesas se arrinconan y las sillas simulan el impecable orden de las butacas de un cine, en un espacio apto para 50 oyentes. El infalible olor a palominas de maíz fundidas en mantequilla flota por el sitio de temperatura helada, que hasta ahora solo albergaba textos con páginas nutridas por relieves de puntitos, descifrables al tacto para los ciegos.

Es suficiente una computadora y un amplificador de bocinas para transportarse a escenarios fantásticos o los que proponga el director de la cinta seleccionada. Como los ojos no son de utilidad en el denominado cine foro para ciegos, en su lugar, lo bien valorado es un programa de audiodescripción: Un formato añadido a las películas cinematográficas, encargado de traspasar a diálogos cortos las acciones de los actores o dibujar en palabras los entornos que los envuelven, el cual se convierte en un apoyo imprescindible para lograr la comprensión global de la trama.

Por años, Wilfredo Reyes, un estudiante con discapacidad visual de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la UP, se “frustraba” frente al televisor en su hogar tratando de seguir auditivamente algún filme. Escuchaba las películas, pero pronto se sentía desmotivado al caer en cuenta de que “se había perdido de algo”. No le quedaba más “que pedirle a alguien cercano que me contara qué estaba pasando, pero como ya no podía volver para atrás, me volvía a perder otro lapso”, cuenta Reyes sobre su odisea, que terminaba por agigantarle el bache de la desinformación y, por último, presionaba el botón rojo del comando que ponía fin a ese espectáculo indescriptible para él.

El alumno de derecho siente alivio con el programa audiodescriptible para cine, pues “va a un ritmo sin interrumpir la secuencia de la cinta y no me deja perdido”, resuelve sonriente el chico de 25 años que ha asistido a los dos primeros estrenos gestados en la biblioteca universitaria, donde se congregan otros con su misma condición: los nuevos seguidores del séptimo arte.