Los personajes de los libros de Eduardo Galeano no solo eran los reyes, los presidentes y los piratas, también eran los esclavos, las minorías raciales, todos los de abajo, a los que se les ha negado el derecho de tener un lugar dentro de los libros de la historia oficial, que por lo general solo cuentan la versión de los ganadores, gente que no siempre es noble y honesta, y dejan de lado la versión de los derrotados, de los despojados.

Sus piezas literarias son poesía narrativa pura. Uno lee sus obras en voz alta o de forma calladita y los versos brotan de las palabras que usa Galeano como nadie.

Tiene una bibliografía vasta, con varios títulos fabulosos. El más conocido es La venas abiertas de América Latina, y aunque fue un título clave en mis días de estudiante del Instituto Nacional, cuando me hice adulto no siguió siendo mi libro favorito de Galeano.

Lo más grande de Galeano, en mi opinión, fueron los tres tomos de Memoria del fuego (obtuvo el American Book Award de la Universidad de Washington en 1998), que debería ser de lectura inexcusable en cada casa de cada país del continente. Es una versión más calmada, menos apasionada, más lírica, más pulida de Las venas abiertas de América Latina, planteada como si fueran microcuentos.

Después siguen otros títulos con los que vuelve a demostrar su compromiso político y la urgencia de denunciar los dobleces de una sociedad bajo las órdenes de brutales dictaduras militares como quedó plasmado en Días y noches de amor y de guerra (1978).

Después viene esa obra maestra que es El libro de los abrazos (1989), una crónica periodística con forma de cuentos, sobre el niño que nunca había visto el mar, en la que nos da lecciones de qué es el arte y cuál es su alcance, que nos presenta a magas que miran al futuro, y cómo hay hombres y mujeres que dan su vida para que otros sean libres algún día.