A la casa de Hendrik Botha, en los alrededores de Pretoria, se entra por un arco en forma de botella de Coca-Cola cuyo perfil se ilumina de noche y da la bienvenida al espectacular museo sobre la celebérrima bebida que tiene por hogar.
Una lámpara en forma de embudo, construida con botellas de vidrio, da luz al porche de la vivienda, decorado con incontables carteles de la marca y un gran mural formado por tapones de botella.
Dentro de la casa, el salón está presidido por una barra repleta de latas del refresco y a las que se suman otras mil botellas. Hay series enteras conmemorativas de citas deportivas y otros eventos.
Comparten espacio con tazones, llaveros, muñecos, cochecitos y todo tipo de objetos promocionales de todas las épocas.
Botha empezó a coleccionar estos objetos en 2002, dos años después de su separación matrimonial.
“Estaba bebiendo una bebida, y al darme cuenta de que la lata era parte de una serie me propuse tenerlas todas”, cuenta el coleccionista.
Desde entonces, su entusiasmo no ha parado de crecer, hasta el punto de que Botha no puede, por cuestiones de espacio, exhibir todo su tesoro en la casa.
Ha recibido visitas de representantes de la multinacional, ha salido en la revista oficial y una parte de su museo ha aparecido en anuncios de Sudáfrica, Rusia y Kazajistán.
