El cuarto de baño inventó la intimidad, arropó los misterios de la higiene femenina y enfrentó al individuo a la tiranía del espejo, un espacio ineludible que desde hoy protagoniza la muestra “El aseo”, en el museo Marmottan de París.

Entre grabados, lienzos o dibujos, cerca de un centenar de obras se despliega en la pinacoteca parisiense rastreando la presencia del aseo en el arte.

Al menos hasta el siglo XVI, el baño era un suntuoso trajín colectivo que sirvió de pretexto a los artistas del Renacimiento para detenerse en una desnudez femenina hasta entonces proscrita por el yugo medieval. Antes que de higiene -sugiere el Marmottan- se trataba de erotismo. Del majestuoso tapiz de Cluny que abre la muestra a los bocetos de Picasso, pasando por Georges de La Tour, Manet o Degas, el aseo acabó recobrando su valor artístico sin renunciar al tono erótico, una evolución que alude a la construcción del “espacio privado”, explica el comisario de la exposición Georges Vigarello.

“Nuestro objetivo es narrar la generalización de la higiene personal, los gestos que esta integra y, sobre todo, cómo el baño se asocia progresivamente a lo íntimo y proscribe los voyeurs”.