Comer es un verdadero placer, pues no hay mejor remedio que un buen bocado para subir el ánimo y alejar las amarguras.

Con estas palabras, personalidades célebres como la cocinera estadounidense Julia Child y el escritor español Enrique Jardiel Poncela argumentaban en sus obras el poder de la cocina sobre las emociones.

No es secreto que la comida tiene un vínculo robusto con el espíritu. De hecho, la doctora estadounidense Judith Wurtman, quien laboró en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y en la Universidad de Harvard, publicó en la década de 1980 diversas obras que explican cómo algunos alimentos son capaces de estimular la producción de serotonina, esa sustancia neurotransmisora que favorece la sensación de bienestar y felicidad en los humanos.

Como Wurtman, otros autores procuraron averiguar sobre las propiedades de la alimentación en el estado de ánimo.

El español Miguel Ángel Almodóvar, por ejemplo, sobresale como uno de los más recientes por su publicación Mood Food: La cocina de la felicidad (2012), realizada en conjunto con 16 chefs especialistas en recetarios para garantizar el estar contento.

En poco tiempo, la novedad se convirtió en un movimiento gastronómico internacional, que bajo el término inglés de mood food procura proyectar la gastronomía con miras a mejorar el estado de ánimo en sus comensales.

“Ser feliz alarga la vida y mejora la salud mental”, señala la health coach Julissa Alvarado, quien mira esta tendencia como leitmotiv para un mejor estilo de vida.

Con la dicha, subraya la especialista, “se puede reducir el estrés y disminuir la ira, que suelen calar de forma negativa en el organismo”.

La revista Forbes calificó en 2012 a este movimiento gastronómico como una tendencia “a seguir”, pues señalaba que tanto la felicidad como el estrés figuraban como fundamentos con un fuerte potencial de crecimiento dentro de la industria dedicada al bienestar.

¿Cómo funciona? La nutricionista Laura Turner explica que no se trata de grandes especialidades. Más bien, son comestibles que no representan un gasto económico extraordinario, pero que sí nos remontan a las cocinas confortables de la antigüedad.