En el metro de París los pasajeros van cabizbajos, como suele pasar los lunes, pero el silencio es abrumador.
Con el dolor por los atentados muy presente, los parisinos retoman su rutina. La angustia es latente, los ojos a veces enrojecidos, los rostros graves. Los que intercambian una frase no pueden evitar el tema.
En un vagón del metro dos actores de unos 60 años se preguntan qué va a decidir su teatro: “¿Vamos a actuar de todos modos? No hay que ceder al miedo”.
Yvonne vuelve a trabajar con “un nudo en el estómago”. Dice que va a tratar de organizarse con sus colegas para trabajar de manera más continuada y evitar los trayectos de ida y vuelta.
Ciertos parisinos optaron por evitar el transporte público. La multitud plantea el riesgo de estampida, como la del domingo por la tarde, cuando se produjo en el centro de París una ola de pánico tras una falsa alarma y hubo gente que se tiró al agua en un canal o se encerró en los baños de los bares.