En las canciones de Joaquín Sabina hay imaginación y deseo, júbilo y tristeza, ironía y candidez, lucidez y ausencia de complejos, así como ternura y cinismo por partes iguales.

Sus letras van del desencanto al erotismo, de la euforia a la pena, y del humor pícaro a la más agridulce inocencia.

En sus letras hay cinismo, a veces hay un tono de desafío, y en otras hay melancolía y dudas de lo pasado, del presente y lo venidero.

Es un pagano espiritual el que compartía sus noches de juventud en los bares, una vida callejera de fiestas, tragos y demás delicias cuando el sol desaparecía, que benefició a su corazón bohemio y a sus canciones nostálgicas, aunque no tanto a su salud.

Sus letras manejan un sentido del honor y una ética admirables; textos en los que deja claro que la fama no le apetece lo suficiente y que la gloria es demasiado escurridiza para hacerle caso.

Este noctámbulo y tabernario, loco y valiente, y escéptico y disconforme, toca el alma de los que escuchan sus poesías cantadas, ya sea que para que este cronista urbano use los tristes acordes del bolero, el sentimiento del mariachi, la pasión del rock, la agonía del blues o lo cadencioso del rap.

CALLE MELANCOLÍA

Los temas de Joaquín Sabina son estallidos de libertad, proclamas contra el conformismo y la seriedad, pero sin caer nunca en la retórica siempre hipócrita, cuando aboga por lo que piensa es lo único correcto.

Tampoco transmite sus ideas con un tono macabro o suicida o perverso, pues lo suyo es celebrar a los amigos, a los tristes, a los que pierden, a los que andan sin tener un puerto seguro donde llegar, a los que el amor les tiró la puerta en su cara.

Esta es su manera de enfrentar y engatusar al dolor, al desengaño, a la rutina, al desamparo, a la tristeza y a la ansiedad, es su propuesta, a quemarropa, de ir contra lo establecido que siempre da hastío.

Mago que no tiene miedo a perder, cuando habla de los desamores que golpean; los tugurios que te cobijan; de las lágrimas que te liberan; de los perdedores que no se ocultan; del vino que invita a olvidar; de los besos sinceros que roban hasta el corazón más duro; de las noches en vela en busca de una compañía; de los azotes del fracaso cuando se sabe vencedor; de las risas que alivian las fatalidades; del placer de amar sin condiciones; de las mentiras que sirven para que el engaño duela menos, y de las palmas del público agradecido por la función.

Y SIN EMBARGO

Joaquín Sabina desprecia el patriotismo y no se siente hijo de ninguna parte, aunque hay ciudades que le inspiran y a las que le dedica más de una canción, como lo son Madrid, México D.F. y Buenos Aires.

El que recorría bares y cantinas con su guitarra, primero en Londres cuando se exilió y luego en Madrid cuando maduró, cantando piezas de otros, de Bob Dylan a autores mexicanos e italianos, un día se dio cuenta de que debía tener su propio repertorio, pero sin dejarse mandar por las exigencias de una industria discográfica que se atraganta cuando ve aparecer a los vanguardistas y a los libertarios.

Gracias a esa decisión, Joaquín Ramón Martínez Sabina, que nació el 12 de febrero de 1949, segundo hijo de Jerónimo y Adela, es autor de clásicos como Pongamos que hablo de Madrid, Calle Melancolía, Yo me bajo en Atocha y Nos dieron las diez.

Sin dejar a un lado otras joyas del trovador como Que se llama soledad, ¿Quién me ha robado el mes de abril?, Con la frente marchita, Medias negras y tantas otras.

Mientras que 19 días y 500 noches, junto a El hombre del traje gris, Física o química o Yo, mí, me, contigo, están entre sus mejores discos, de acuerdo con su propia opinión.