El metro de Moscú, considerado el más bonito y visitado del mundo, cumple 80 años sin perder atractivo entre los turistas, que lo visitan como si se tratara de un palacio zarista, no en vano sus estaciones son auténticas obras de arte.
“¿Y ese quién es?”, pregunta una despistada turista de Hong Kong frente a un mosaico de Lenin en la estación Kievskaya, considerada la más majestuosa del subterráneo moscovita.
El fundador de la Unión Soviética es una de las estrellas del metro, que conserva intacta la simbología comunista, de la hoz y el martillo a las escenas revolucionarias al más puro estilo del realismo socialista.
No obstante, eso no le resta ni un ápice de belleza al metro, en especial en su línea circular, que incluye auténticos museos subterráneos como la citada Kievskaya, Komsomolskaya y Novoslobodskaya.
A cualquier hora del día, los turistas se arremolinan para fotografiar sus salones, que incluyen cristaleras y rosetones policromados, como si se tratara de una catedral gótica.
El Kremlin es el destino número uno para los visitantes, pero después de la residencia del presidente ruso, Vladimir Putin, el metro es un lugar de peregrinación obligada.
Conscientes de su popularidad, las autoridades apenas han retocado las estaciones más antiguas, que conservan sus mármoles, lámparas, frescos, arcos, grabados, barandillas y bancos de madera como si estuviéramos en los años 40 del siglo pasado.
El metro tiene más de 300 kilómetros de largo y casi 200 estaciones, de las que 44 han sido catalogadas como patrimonio cultural.
Los metros de Nueva York o París pueden ser más grandes, pero no resisten la comparación en cuanto al valor artístico y arquitectónico.

