¡Qué responsabilidad representa para una madre atender a un hijo! Y si el muchacho resulta respondón, peor aún. En Panamá, tenemos una mamá que tiene que estirarse para que sus 200 hijos reciban, cada hora y sin dilación, todas sus necesidades afectivas y también materiales.
He tenido el privilegio de conocer a sor Lourdes en la comunidad de Cerro Silvestre, Arraiján, en una finca donde opera el hogar San José de Malambo, fundado hace 125 años para proteger a niños abandonados y huérfanos. Una mujer de carácter y consciente de su entereza y valor personal e intelectual. Sensible en cada momento de su misión de cuidar, en calidad de madre, a aquellos niños que, por la inequidad y otras taras sociales, se quedaron sin familia.
Usted habla con ella y puede beneficiarse de sus elevados valores, de su intuición a leguas para entender a los niños y los peligros que sobre ellos se ciernen, y su enfoque certero sobre la humanidad, sin distraerse en ningún momento sobre el acontecer de sus muchachos, ya sea que estén en la granja, en la parroquia, en las habitaciones o en la escuela correspondiente, integrantes del sitio.
Si en el admirable trabajo que desarrolla hubiese algo delictivo, entonces, Juana, apaga la luz y vámonos.
Lourdes, por el contrario, como jefa de familia, no en pocas ocasiones, sufre porque la remesa –una parte es del Estado– no llega a tiempo, y la paila para esos niños se llena con miles de dólares al mes. Y aunque existen donantes –que ponen su dinero con los ojos cerrados en manos de esa tesonera y honesta mujer– no siempre los recursos son suficientes para solventar todas las necesidades de una operación de esa naturaleza, que incluye la atención de infantes con enfermedades, incluso un par de decenas con el virus del VIH.
En vez de empañar la imagen y credibilidad de una heroína, septuagenaria, oriunda de Puerto Armuelles, bien harían las autoridades en destrabar las remesas y gestionar un reconocimiento internacional para una mujer, Idian Reiss Flores, consagrada por su trabajo que no solo honra a la Iglesia católica y a la congregación Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, de la que es integrante, sino a todos los panameños, más allá de su opción religiosa. Pocas personas en nuestro país conocen, in situ y en la praxis, el sentir y las necesidades de esos niños, hijas de la inequidad y otros males sociales, que deben ser superados. Que son cruciales y monstruosos, y a los que estamos obligados a desbancar antes de seguir dándonos golpes de pecho de que llegamos a la avenida del Primer Mundo.
Como líder del orfelinato desde hace tres décadas, Idian ha cuidado, protegido, alimentado, vestido, educado y amado a niños, no solo abandonados, en su mayoría, de extrema pobreza, otros con parálisis cerebral y otras discapacidades, con VIH y circunstancias desgarradoras, como maltrato, violación y otros abusos.
No distraigamos a Mamá Lourdes y apoyémosla en la misión que se ha trazado. Si vamos a romper el silencio, que sea para aplaudirla por su talante superior y su gigante servicio a la Nación.
