Estos mafiosos del patio son la cosa nostra, pero no son la Cosa Nostra. Navegan en aguas profundas. Nada de las megaolas o hiperoleajes. O son mafiosos de pacotilla o mafiosas del pantanal. Es la cosa panostra en acción.

Un amigo enfocado –cada vez son menos- me asegura que es blandón el término empleado para caracterizar al capo y demás parapetos del vendaval saqueador que hemos heredado los terrícolas panameños de esta época. Le gusta mafioso, sin embargo le aclaro que esta mafia creció en el martinellato como verdolaga, aunque con un tutti capo con todas las estrellas, no obstante, estrellado por la carencia de reglas.

No aplica para mafia –le argumento-, pues ni cumple el venerado código omerta. Donde usted toca sale un techo con filtraciones, y alguien me previene que hoy existe una cámara de celular y un micrófono hasta en la sopa. Omerta es el código de honor que prohíbe informar sobre delitos que incumben a las personas implicadas. En la cosa panostra, cualquiera vio, oyó, firmó, depositó y estibó dólares –no balboas- en maletines. Incluso, presenció un maletinazo en un monte bastante oscuro.

No vuelvo a repetirlo: en la mafia, usted no puede tirar al capo al agua. Lo contrario, en todo caso, no obstante debe refrendarlo el consejo de mafiosos. Le explico a mi interlocutor que si el capo es autócrata no existe ente colegiado.

¿Hubo temor al capo y ahora se perdió? ¿Qué provocó ese envalentonamiento, ese desestimiento del miedo que congela? Cantar a lo Pavarotti es haber perdido el miedo. A represalias o para proteger a otros implicados. Entre nos, ni quiero exponerlo: romper el juramento de omerta es punible con la muerte.

No se deja documento de ese código. En ninguno de los millares de tomos construidos y en construcción, se ha encontrado ese acuerdo. Ni siquiera dejado de los contratos codiciados y codiciosos investigados.

Mafioso, gángster o ladrón, pero no de gallinas, posee comportamiento sociópata. Con desequilibrio difícil de diagnosticar. Complejo categorizar sus crímenes. Ni considerarlos patológicos más que en razón de su desequilibrio de carácter o inmadurez afectiva. Fuente ambiental, hereditaria o constitucional. Magistrados, busquen en la historia afectiva, y que no les sorprenda esa patología. Prefiero a Freud de fiscal o juez.

Traigan a un psiquiatra. Mucho artículo de ley, cosmético, constitucional, interpretable de mil maneras, y menos sobre el comportamiento humano, sobre la personalidad psicópata, la personalidad sociópata, la distorsión de la moral, la amalgama de lo público y lo privado, la egolatría, llevada al endiosamiento, megalomanía y la ausencia de sentimiento de culpa. El síndrome de Caín: no te importen esos que mueren de inanición, ni desnutridos, ni analfabetos, ni qué ocho cuartos. Déjate llevar por tu codicia, enfermiza, por tu magnetismo, que te posibilita hipnotizar al interlocutor, no importa de qué escala social, enredarlo y embarrarlo en la chulería y bravuconería.

El mafioso semeja ciudadano respetable, y consigue engañar a mutitudes. Vive en familia, va a la iglesia y a veces a varias denominaciones, y cumple con requisitos sociales. Aunque sus allegados pueden conocer de sus ilegalidades, goza de la ventaja del beneficio de la duda, y sobre esa cuerda floja transita hasta los corredores más franqueables e infranqueables.

Muchos jóvenes caen como mango maduro ante el cañonazo de uno de estos especímenes para realizar negocios turbios.

Comportamiento mafioso más megalomanía, fusión complicada para identificar responsable y castigo.