El cine industrial de Hollywood nos ha enseñado que hasta las catástrofes son divertidas y que cualquier acción caótica que ponga en peligro la vida humana es otra oportunidad para ser feliz, siempre y cuando los personajes principales terminen sanos y salvos, para así poder comer con la conciencia tranquila las palomitas de maíz y los nachos con sabor a queso en la sala de cine.

Por eso, una película como Everest, sobre los que adoran y practican el alpinismo, confundirá a un sector de la audiencia mundial, esa que ha crecido con largometrajes que en el fondo son actos de irresponsable escapismo de la realidad y que se desbocan con un ritmo de edición veloz que aturde, ambas marcas registradas del cine comercial estadounidense contemporáneo y que usted no verá en este filme que se estrenó en el pasado Festival Internacional de Cine de Venecia.

Esa misma audiencia le embargará el aburrimiento cuando vea que no hay exageradas escenas de heroísmo hedonista en Everest, como las que nos tienen acostumbradas las seudoproducciones protagonizadas por Dwayne The Rock Johnson y Sylvester Stallone.

Con Everest, el director Baltasar Kormákur hace una obra por encargo. La rueda con inversión de los productores de Hollywood, pero desde otro ángulo y desde una narrativa que rompe los paradigmas de entretener habitual en la industria cinematográfica más poderosa del orbe, algo que ya hizo con sus dos proyectos anteriores en la unión americana: 2 Guns (2013) y Contraband (2012).

Everest no es una película para jóvenes, el público al que siempre Hollywood quiere complacer con facilismos argumentales. Este thriller de aventuras es para adultos, de edad y de mente, que no están obsesionados con el cine idealista y de efectos especiales tan popular por estos días.

Con la película Everest, el director Baltasar Kormákur no quiere, como deseo aspiracional, conectar con la audiencia promedio de cine.

A ese sector quiere hacerlos sentir fuera de foco y de lugar con esta producción sobre seres humanos que deben lidiar con una brutal tormenta de nieve en una montaña que desafía al cielo, los quiere incomodar con la forma atípica de Everest dentro del horizonte de lo que ofrece Hollywood y lo logra.

Con quienes sí desea crear lazos Kormákur es con aquellos que disfrutan el séptimo arte que te hace sentir y pensar; el que te ofrece sensaciones y emociones sin abusar de las destrezas de un programa de computación.

OPINIONES Y DÓLARES

Por estas características antisistema cinematográfico promedio norteño, Everest ha gustado más entre los críticos europeos que entre los expertos estadounidenses.

En taquilla el asunto pinta con algunos colores sombríos si le preguntan a los inversionistas, pues al ser una propuesta alejada de los cánones comerciales habituales su relación con la audiencia puede ser distante.

Tiene a su favor que es de un presupuesto medio, 51 millones de dólares.

En su primera semana de proyección en el globo terráqueo las cifras son altas tomando en cuenta su propuesta diferente.

Lo que no sorprende es que el 21.4% de la boletería la obtenga en casa (obtuvo 7.8 millones de dólares en Estados Unidos) y el resto en los mercados internacionales (36.7 millones de dólares).

FRIALDAD

Hay poca música sentimental motivadora o manipuladora en la honesta Everest.

Lo que busca la película es contar, sin fuegos artificiales, la tragedia ocurrida en 1976, cuando varios alpinistas, algunos más turistas que deportistas, murieron al tratar de conquistar la mítica montaña.

Como señala Todd McCarthy, crítico de la revista The Hollywood Reporter, es una “dramatización fascinante y envolvente (...) Se puede decir que Everest es una película de desastres en el sentido hollywoodiense clásico del término, pero no parece que lo sea. Y eso es bueno”.

La cámara va de primeros planos a planos generales, sin mayores cortes abruptos de por medio y a una intencional velocidad más que lenta, por lo que a veces pueda pesar a la audiencia sus 121 minutos de duración.

El Everest de Baltasar Kormákur es tan fría y distante como la baja temperatura con la que deben lidiar todos aquellos que desean llegar a la cumbre de la montaña más alta sobre la Tierra.

Lo suyo es presentar los hechos sin artificios ni trucos. No los muestra desde una maniquea óptica idealista, ni desea ofrecer grandilocuentes mensajes de autoayuda, ni lecciones de superación personal. Evidencia el proceso y los riesgos de practicar un deporte extremo como el alpinismo, y ya está.

A su manera, este cineasta ofrece una carga reflexiva en Everest al transmitir acertadamente la atmósfera de crisis, soledad, insatisfacción y finitud de sus personajes.

La propuesta, como lo plantea Javier Ocaña, crítico del diario español El País, es evidenciar “ a la perfección la originalidad de la propuesta cinematográfica (...) Emocionante y sugestiva (...) alejada de la habitual épica de la victoria y el descubrimiento”.

En la película se respira un aire fatídico y de malestar, una señal de que en cualquier instante las cosas puedan quedar fuera de control y le deja entonces la libertad al espectador para que llegue a sus propias conclusiones.

SENCILLEZ

Los personajes de Everest son tan sencillos que parecen seres humanos de verdad.

Ninguno de ellos es un delincuente encubierto, ni un terrorista vengativo, ni tienen un trauma espantoso por resolver, ni hay jóvenes eufóricos de gloria mediática.

No, los hombres y mujeres de Everest son vulnerables, tienen problemas y relaciones primarias y terrenales, como las de los espectadores. Entre ese grupo de alpinistas está un maestro de escuela que en ocasiones pasadas no ha podido alcanzar la cima, un reportero que descubrirá que en el alpinismo hay más drama que aventura acartonada, y un señor amargado que piensa que es más feliz a miles de metros de altura que al lado de su familia.

Esa es otra razón por la cual Everest va a decepcionar a unos cuantos integrantes de la audiencia, ya que en su argumento hay nulo espacio a la espectacularidad, tan en boga en Hollywood.

Por lo que el director Baltasar Kormákur se aleja de los giros inesperados (trata de ceñirse a los hechos reales en los que se basa el filme) y se distancia de esas emociones fuertes, artificiales y preestablecidas típicas del cine de evasión y que luego se resuelven de manera totalmente ilógica antes de que termine la cinta.

Aquí el enemigo no es un extranjero buscapleitos, ni un demente, el verdugo en Everest es aún más peligroso: es la furia de la naturaleza, y los héroes no tienen los poderes de Superman ni las habilidades de John McClane, son el deseo de hombres y mujeres de enfrentarse al medio ambiente más inhóspito bajo las implacables reglas de este.