El escritor hispano-peruano Fernando Iwasaki dijo que “los libreros de viejo sobrevivirán a la hecatombe digital” y que, “a diferencia del libro impreso, un Kindle de segunda o tercera mano siempre será un cachivache”.

Como cada año, la Universidad de Sevilla, en complicidad con los libreros de viejo de la ciudad andaluza, publicó un volumen que es una suerte de homenaje a los libros de lance y a la educación sentimental de lectores y escritores, y el de esta edición, titulado Somos libros, seámoslo siempre, le correspondió a Iwasaki, historiador de formación y escritor de vocación.

Señaló que un libro como el suyo, “dedicado a los libreros de viejo, las librerías de lance y la papelería de los ropavejeros, puede permitirse el lujo de ser talibán en la defensa del libro impreso”.

“Cada vez que alguien anuncia el fin del libro impreso y de las pequeñas librerías, sospecho que se refiere en realidad a esa parte de la industria editorial que nada tiene que ver con la literatura, como las memorias de los políticos, los recetarios de los periodistas, las novelas de los cocineros o los manuales de autoayuda”, dice.

Con la supervivencia de los libreros de viejo, que Iwasaki cree garantizada, saldrán ganando “los lectores de clásicos, de autores minoritarios y de todos esos títulos expectorados del supermercado digital por no haber vendido lo suficiente”.

Somos libros, seámoslo siempre es “un homenaje a la letra del himno nacional de Perú, cuya estrofa comienza con la frase: Somos libres, seámoslo siempre”.

Él diseñó la cubierta del libro con rótulos alusivos a librerías de viejo de Lima y de Sevilla, en una suerte de “collage de esquelas mortuorias de librerías”, porque ninguna de ellas existe ya, “ni siquiera la limeña librería El Virrey continúa en la calle Miguel Dasso”.

“Somos libros, seámoslo siempre es lo más parecido a un desván o cuarto trastero, porque las librerías de viejo comparten un aire de familia con las casas de antigüedades, las tiendas de ultramarinos, los mercadillos de pulgas, las necrológicas de escritores y los trastos de escribir...”, añadió.

Recordó que hace dos años ofreció un intercambio: le daría un Kindle a quien le entregara un ejemplar de la edición de Ocnos que publicó la extinta Fundación Luis Cernuda en 1992, “pero el generoso lector que me la obsequió le tenía más espanto que yo al aparato”.