Una larga secuencia de vibrantes murales saluda a las personas que se dirigen desde el aeropuerto de Bogotá hacia las calles del centro histórico.

Dibujos de granadas con forma de piña y fusiles AK-47 alusivos al conflicto armado colombiano se combinan con monos y mariposas que recuerdan las bellezas naturales del país. Todo un alivio en medio del cielo gris de Bogotá y su arquitectura monocromática de ladrillo rojo.

El arte callejero prolifera en una ciudad de 8 millones de habitantes con más de 5 mil grandes pinturas, donde la explosión de los grafitis surge de una tragedia: un disparo policial al grafitero Diego Felipe Becerra, que el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, respondió despenalizando la pintura de grafiti e, incluso, ofreció varios edificios públicos como lienzo en los que plasmar sus obras.