Kilómetros de selva resiliente, de senderos escondidos entre la vegetación y una vía larga y grata, que premia con su destino. Así es visitar Gamboa en una bicicleta.
Sus calles son frecuentadas por ciclistas experimentados que, dejando sus carros en Albrook, pedalean ida y vuelta con rigor matemático. Para aquellos con menos experiencia, en busca de la sombra de las copas de los árboles sobre el pavimento mientras avanzan, el paseo en bicicleta puede empezar un poco más cerca. Estacionan el carro en el centro de visitantes del Parque Nacional Soberanía, visible desde la vía Centenario. Entonces atraviesan un trayecto hasta Gamboa, que sumado al regreso resulta en 20 kilómetros exactos.
Para afrontarlos, tomando en cuenta la humedad propia de una selva tropical, es necesario ir preparado. Indispensable para el recorrido la gorra o el casco, unos lentes oscuros, bloqueador (ideal con un factor de protección solar de 30 o mayor), agua para hidratarse y alguna merienda como la granola para mantener la energía y disfrutar en los momentos de descanso.
La primera gran loma, perfecta para poner a prueba los músculos, llega justo después de la entrada al sendero del Camino de Plantación. Después de iniciado el recorrido aparece a la derecha el Parque Municipal Summit y varias entradas a atracciones en las que solo haría falta un buen candado para proteger la bicicleta y aventurarse a caminar. El Sendero Natural el Charco, con una extensión de 800 metros, es el mejor de varias rutas, porque siendo la más corta permite completarse en bicicleta y ofrece la posibilidad de refrescarse del calor en alguno de sus cuerpos de agua.
Poco a poco se van dejando tras de sí los kilómetros hasta que, a lo lejos, se divisa el icónico puente de Gamboa. Permite la entrada y salida del poblado en un solo sentido. Una vez cruzado el puente, la primera vía a la derecha lleva a una calle cercada por bambú, algo casi salido de una película por el hermoso encuadre natural. La calle termina en el Gamboa Rainforest Resort, siempre abierto a los visitantes y amigable con los ciclistas.
En Gamboa no se debe ir en busca de atracciones. Lo imprescindible, además del recorrido en bici, consiste en disfrutar de la tranquilidad y la naturaleza casi como un lugareño. Es decir, tumbarse sobre el césped junto a las celestes gradas de un campo deportivo rara vez utilizado o refugiarse del insistente sol en la sombra de algún centenario árbol, siempre acompañado de la banda sonora de la selva tropical.
Además de la arquitectura clásica y a veces nostálgica del área revertida, Gamboa es hogar de una de las mejores obras de la arquitectura tropical reciente del país: la casa Bermingham. Su diseño pertenece a la firma ENSITU del arquitecto Patrick Dillon. Aunque es una vivienda familiar privada, vale la pena su visita para admirar su estructura de madera diseñada para propiciar el flujo natural del aire.
Cerca, un antiguo food truck que dejó sus días rodando en las calles, es el hogar de la cafetería Manolo, un puesto sencillo al que los vecinos llaman el “Mcdonald’s de Gamboa”. El señor Víctor Espriella vende refrescos, desayunos de patacones y yuca frita con salchicha guisada, además de almuerzos, de 6:00 a.m. a 2:00 p.m. de lunes a viernes. Las sillas de plástico son el refugio ideal para beber agua fría y prepararse para retomar el rumbo.
Un par de horas después llega el tiempo de volver. Pasa el tren como sabiendo que hace falta subir el ánimo y, cargado de contenedores, emociona tanto verle de cerca que invita a seguirle el paso, aun sabiendo que en cualquier momento se pierde en la distancia.














