“¿Quién conoce a personas de confesión judía? ¿Se puede pegar a los niños? ¿Permitiría que su hermana o hija se casara con quien quisiera?”. Alemania intenta inculcar sus valores a los migrantes pero algunos quedan perplejos.

El ministro bávaro de Justicia, Winfried Bausback, multiplica las preguntas frente a unos 60 solicitantes de asilo que asisten de forma voluntaria a un curso de educación cívica en la Bayernkaserne, uno de los centros de acogida más grandes de Múnich (sur).

En el pequeño gimnasio convertido en aula, una intérprete traduce del alemán al inglés. Pocos contestan. “¿Puede repetir la pregunta?”, dice uno de ellos en un inglés titubeante. Otros tienen la mirada perdida, como si no siguieran la conversación. El gobierno de Baviera, puerta de entrada en Alemania de migrantes procedentes de la “ruta de los Balcanes”, instauró cursos de educación cívica, impartidos normalmente por magistrados. En lo que va de año ya hubo 12. “Enseñamos las reglas del vivir juntos, de la democracia, de igualdad entre hombres y mujeres”, describe Reinhard Nemetz, presidente de un tribunal de Múnich, encargado de reclutar a los jueces. Pero -añade- “les recordamos que no tienen solo deberes, sino también derechos: la libertad de religión y de pensamiento, por ejemplo”. Los cursos están acompañados de folletos y películas cortas colgadas en internet. Algunos asisten para matar el aburrimiento, otros refunfuñan sobre los lineamientos que consideran “idénticos” a los de su país de origen, como el de no robar.