Gladys H. de Bernett

Érase una vez que la vida de un gran panadero sale a relucir como altruista y gran filántropo porque quiso ayudar a una panadería enorme con el más grande y conocido “pan flauta”. La fiesta de la panadería se extiende a un Programa de Ayuda Nacional. El panadero sabía que, hace muchos años, nació un niño hermoso, y anuncia que el carnaval del pan llegó y muchísima gente lo recibe y lo acepta (involucra dentro de la harina, millonarias sorpresas). Por eso, a su alcoba “ángeles celestiales” entran, salen y se van con mochilas en sus alas). En otros lares, el agua lluvia cae a cántaros mientras la cascada sobre el techo anuncia que es de madrugada y que todos las personas esperamos su llegada. La llegada del pan, no la llegada del niño Dios. La llegada de un PAN con moho. Sin embargo, se ven caer: pan de rosquitas, pan moña, pan de huevo, pan de dulce y la terrible flauta que tocan sin pestañeo, porque el dueño de la orquesta lo ordena gritando: “déjense de babosadas y actúen como yo les ordeno”.

Un llanto de recién nacido se escucha. Cesa la lluvia. Vuelve a llover. Y en la confusión el silencio los acompaña. El sol anuncia un nuevo día y los gigantes hornos no cesan de trabajar. De pronto, el “buen” panadero se altera porque el PAN se les quemó a todos los involucrados e involucradas. Señor, dijo el panadero, sentimos que estás aquí y que ahora que todo huele a PAN quemado, nos vas a ayudar ¿No entiendes? Nos vas a ayudar a llevarle el pan a tanta gente humilde. La flauta ya no es dulce. Sinecura nos dieron de comer, señor Jesús. Ingenuos e ingenuas la aceptamos. Pero es otra la realidad al lado del panadero, y pidiendo justicia, se escucha a una multitud que grita: “caiga quien caiga”. El panadero suplica: “solo tú conoces la verdad. Sólo, usted, señor. El pan nuestro de cada día dánoslo hoy con una buena panadería para ayudar al prójimo y que esta sí sea: panadería pa el rato!”.