Icono nacional a la altura del champán, el cruasán o el camembert, Jean-Paul Belmondo, de 81 años, prodiga sus apariciones públicas mientras un documental recuerda su carrera y la prensa cool se apropia de un actor inagotable.
“Es nuestra mejor y más completa promesa, capaz de interpretar a un aristócrata y a un mendigo, a un intelectual y a un gángster”, dijo Franois Truffaut al término del rodaje de La sirena del Mississippi en 1969.
Diez años antes, Jean-Luc Godard le había dado la oportunidad en la explosiva Al final de la escapada, un manual de modernidad propulsado por el inédito carisma de su protagonista, un desconocido Belmondo.
Fue la primera parada de una filmografía que oscilaba entre la audacia intelectual de Louis Malle o Alain Resnais y un cine popular cuya repercusión garantizó al intérprete un puesto en el santuario sentimental de sus compatriotas.