Fue un día intenso. Habían adelantado la elección para escoger al Defensor del Pueblo. El teléfono no dejaba de sonar y los mensajes de texto aparecían constantes… Todo el mundo estaba pendiente del resultado final, que se conocía desde un principio.
Algunos tenían esperanzas, me decían que tenía que ser optimista, pero siempre dije que debía mantener los pies bien puestos sobre la tierra. Ésta era una escogencia que harían los políticos, y yo no pertenezco a ningún partido, lo que sin duda alguna ya me descalificaba.
Como muchos de ustedes saben, no fue una decisión fácil, pero sentía, como ciudadano responsable y profesional, que tenía mucho que aportar y era la forma de devolverle al país lo mucho que me ha dado. Tendemos a criticar y no actuamos.
Desde el principio me encomendé a Dios, y minutos antes de llevar mi documentación a la Asamblea Nacional, fui a la Basílica Menor de Don Bosco, y puse todo en manos del Santísimo. Le pedí que si el puesto era para mí, que se abrieran todas las puertas, y, si no, que se cerraran. Y mis palabras fueron escuchadas. Por eso, inmediatamente se dio a conocer la elección, fui a la iglesia y le di gracias a Dios, porque me había enseñado a ser más humilde y me había dado mucha paz y tranquilidad... Sobre todo porque me sentía un triunfador... No me quedé de brazos cruzados e hice lo que tenía que hacer, presenté en todos los medios mi propuesta y mi compromiso de trabajo que mantendría de manera continua, sin horarios, y con educación permanente para que todos conozcamos nuestros derechos, deberes y obligaciones. Había hecho un juramento de dar lo mejor de mí en beneficio de todos.
La experiencia con los medios fue muy importante, el apoyo de los colegas, y el eco que obtuvimos se hizo sentir en la gente, quienes en muchas ocasiones sin conocerme, me detenían, saludaban y hablaban de su respaldo.
En lo personal me di cuenta de que las personas quieren un cambio. Quieren que las cosas cambien y mejoren. Existe aún mucha esperanza entre tanta desesperanza.
Como ustedes saben, mi vocación de servicio y entrega ha sido permanente a través de 25 años de mucho trabajo. Este trabajo es el que me ha permitido conocer a todos los grupos sociales del país, con los que me he involucrado. En los últimos dos años lideré un programa de valores en el que presentamos testimonios de personas con valores que son un ejemplo para nuestra sociedad.
Y quizás ésta fue una de las razones por las que después de la elección mi teléfono seguía timbrando, porque los diputados, tanto de la bancada oficialista como de oposición me llamaban para decirme que me habían apoyado con su voto, incluso muchos, personalmente, me lo dijeron a mi salida del hemiciclo. A todos les agradezco este apoyo que se traduce en los resultados que ya conocemos.
Pero hay un voto muy especial para mí, y que no se contó, y fue el de mi hijo, Felipe Andrés, de tan solo siete años, quien estuvo pendiente de la votación a través de la radio, y cuando me vio, con su sonrisa e inocencia, me dijo: "papá, tú no tuviste siete votos, fueron ocho, porque yo también voté por ti". Mientras tanto su hermana, Ana Carolina de ocho años, me entregaba una tarjeta que había hecho con sus manos y que decía: "papá, estamos orgullosos de ti, porque hiciste todo tu esfuerzo".
