Vocablo de origen griego sobado y manoseado en días del renacimiento del noriegato: diálogo. El sentido de ‘diálogo’ es el intercambio fluido de ideas. Es palabra compuesta formada por las partículas ‘diá’ (a través) y ‘logos’ (discurso). En el terreno de la realidad, de la acción, del mundo concreto, el ‘diálogo’ tiene interlocutores: dos o más.

En el planeta de la verborrea y de la propaganda, es un monólogo. Actores del teatro bufo local alegan anhelar el ‘diálogo’, cual pomada divina. En la práctica se arropan en su sola sábana.

Míreles cómo se dan golpes de pecho, no sea que se les vaya a romper la crisma. ‘Diálogo’ para allá, ‘diálogo’ para acá. No prostituyan el vocablo de origen griego. La ausencia de ‘diálogo’ es imperante: piense en la Ley Chorizo, legítimo apodo empleado por el autor del engendro, presidente Martinelli. El adefesio nació sin ‘diálogo’. Incluso, casi se asfixia, pues fue engavetado y a la Nación se le anunció que la materia era de vuelo.

La secuencia no fue de ‘diálogo’. Nunca hubo tanto ‘monólogo’ y prisa en la Asamblea Nacional. Extralingüístico sí hubo intercambio de empujones en la entrada del hemiciclo y malacrianzas de lado y lado.

-Que se revise la ley- demandan los obispos.

-Veta esa ley – susurra la Primera Dama.

Un ‘diálogo’ siempre es entre interlocutores. No es con piedras ni perdigoneras. Si no lo van a aplicar, dejen la palabra tranquila. En la era de la propaganda, hay quienes pretenden otorgarle al vocablo un significado distinto al que la savia griega moldeó. Si cala el procedimiento, no tardará el momento en que unos entenderemos ‘diálogo’ derivado del juicio griego y otros considerarán que el término bien puede representar una letrina. Es un paso al despeñadero democrático. El intercambio de esos interlocutores puede generar una conversación amable y productiva, hasta una discusión acalorada, en que salten sobre las mesas los zapatos.

La literatura ha adoptado el ‘diálogo’ desde hace muchos siglos. A través de él se perfila el carácter de determinados personajes o se acentúa una acción. Se revelan los estados de ánimo y las intenciones de los interlocutores.

El ‘diálogo’ no pocas veces requiere de un arbitraje para la resolución de un conflicto. Hay tal grado de acritud entre las partes, que es precisa la intervención de otro actor que despierte confianza en ambas. Es legítimo que cada una intente sacar provecho individual o colectivo de esa negociación.

La negociación está presente en casi todas las áreas de la vida. Los maestros mediadores tratan de conseguir que en un ‘diálogo’ se establezca un enfoque de ganar-ganar para que ambos interlocutores se sientan satisfechos y prevenga conflictos futuros. Sucede en las terapias de pareja, en los líos infantiles y puede ofrecer frutos en conflictos peliagudos, como el de Martinelli y su Gobierno con las fuerzas activas de Bocas del Toro.