Había una vez un productor que era más importante que cualquier director y actor en Hollywood. Una persona que podía conseguir millones de dólares con tan solo pedirlo a los jefes de los estudios cinematográficos de EU.

Adorado por los espectadores poco exigentes y odiado por aquellos que prefieren un cine más terrenal y menos artificioso.

Jerry Bruckheimer es el verdadero dueño de Hollywood. La revista Forbes calcula que las cintas producidas por su majestad han dado beneficios superiores a los 15 mil millones de dólares.

Su receta para conducir como cordero a la audiencia es la misma: recursos digitales para hacer posible lo increíble, historias donde hay chicos y chicas atractivos que salvan el mundo, actores de renombre que hacen de villanos, escenarios exóticos, premisas sobrenaturales cuando es permitido, aventuras con sentido del humor, escenas de acción extraordinarias, una realidad cercana a la fábula y a los mitos, argumentos donde sobran traiciones, amores y venganzas, diálogos ligeros, finales siempre abiertos y le da las riendas de sus proyectos a directores capaces de manejar presupuestos millonarios (Michael Bay, Ridley Scott, Mike Newell, etc.).

Si con Piratas del Caribe renovó el gusto por los corsarios, ahora con El Príncipe de Persia quiere poner de moda las aventuras orientales a partir de una película que se inspira en un videojuego creado por Jordan Mechner en 1989.

El Príncipe de Persia es una amorfa unión entre El ladrón de Bagdad, Lawrence de Arabia, Las mil y una noches y El rey Escorpión. Usa ideas de las antes mencionadas para contar la historia del príncipe Dastan (Jake Gyllenhaal), quien debe impedir que el malvado (Ben Kingsley) se apodere de una daga mágica que puede detener el tiempo.

Gyllenhaal no tiene el carisma de Johnny Depp y Gemma Arterton no ofrece esa fragilidad y fuerza de Keira Knightley, pero están aceptables. Mientras que Alfred Molina supera como villano a Ben Kingsley.

Cuando a Mike Newell se le ha preguntado si pudo jugar el videojuego de Jordan Mechner, ha admitido que nunca pasaba del primer nivel y que para desarrollar su visión de la historia le pedía a sus asistentes que jugaran por él. Esa incapacidad se deja ver en el pobre resultado artístico de El Príncipe de Persia.

Newell ha sido víctima de la influencia de los Bruckheimer. Este director ya no puede hacer películas independientes porque si quiere trabajar sólo puede hacer El Príncipe de Persia, ya que por culpa de gente como Bruckheimer la audiencia joven casi detesta ver historias sobre relaciones humanas normales.