En la soledad de mi mundo secreto de ilusiones y fantasmas, me mira un enorme retrato del poeta Pablo Neruda que me regalara el pintor Antonio Alvarado, una vez que terminara de descubrir la delicada figura femenina del mascarón de proa propiedad de Neftalí Ricardo Reyes Basoalto en su mágica residencia de Isla Negra. Los discursos de Neruda con ocasión del Premio Nobel de Literatura 1971, fueron recogidos en un opúsculo recientemente en Libros del Ciudadano que, entre otras obras inolvidables, ha dado a la estampa el famoso poema El pintor Pereza, de Carlos Pezoa Véliz.

El opúsculo lleva por título La poesía no habrá cantado en vano y ahí encontré una anécdota donde estuvo involucrado un famoso humorista venezolano. El día en que tuvo lugar la ceremonia , el viernes 10 de diciembre de 1971, había transcurrido con una atmósfera de cuento de hadas porque se celebraba la fiesta de Santa Lucía, y Neruda despertó escuchando unas voces dulces que cantaban en los corredores del hotel.

Después el coro de jóvenes escandinavas que lucían coronas de flores, entró a la habitación del poeta para llevarle el desayuno y una hermosa marina de regalo. Un poco más tarde, el poeta recibió la carta de un furibundo anticolonialista de raza negra, procedente de la Guyana holandesa. En la carta le manifestaba que no era posible que el poeta de los oprimidos fuera a recibir el premio vistiendo un frac. Al mismo tiempo amenazaba con estar presente en el ceremonial armado con unas tijeras verdes para cortarle los colgajos del traje de etiqueta. En realidad Neruda no le dio mayor color y pensó que se trataba de algún loco exhibicionista. Pero, según se supo después, los precavidos suecos dieron aviso a la policía de Estocolmo. En eso estaban, cuando el escritor venezolano Miguel Otero Silva reveló que se trataba de una broma suya.

En el pasado yo había tenido la oportunidad de frecuentar los textos humorísticos de Miguel Otero Silva, quien fuera un entrañable amigo de Neruda y humorista excepcional en verso y en prosa. Siempre he creído que las almas gemelas llegan a establecer contacto en forma natural y espontánea. El ejemplo que yo más recuerdo es del gran poeta del Brasil, Vinicius de Moraes, que conoció a Neruda a través del no menos imperecedero Jorge Amado. Sellaron una profunda amistad de la que ha quedado un bello soneto que yo he vuelto a titular como “Este soneto que yo creía haber perdido”, que Neruda le escribió y dedicó en 1968.

Estas breves referencias las he sacado a relucir con motivo de la aparición del libro Pablo Neruda, Antología General, corresponde a la Edición Conmemorativa de la Real Academia Española. Se trata de una edición de gran nivel literario y significativo, que pone ante nuestros ojos el tesoro inocultable de la poesía maravillosa y brillante del gran poeta chileno, precedido de una mirada abarcadora y múltiple de su vida y de su obra, a la sombra de Alighieri, Cavalcanti, Petrarca, Poliziano y Góngora.