Mariete, el hijo mayor de mi hija mayor, estaba empeñado en leer Harry Potter y la piedra filosofal. Ella me pidió entonces que yo lo leyera simultáneamente con él para aclarar las dudas del niño. Yo me acordé de mi abuelo y le dije que sí. Mi abuelo leyó conmigo Corazón, de Edmundo de Amicis, cuando yo tenía la edad de Mariete. Su asesoría fue fundamental, porque al llegar al capítulo de Franti, el niño que le pegaba a la mamá, fue drástico al explicar que el ejemplo de Franti era terrible.
Hace dos semanas empezamos a leer el libro y desde el primer capítulo aparecieron las dudas.
–¿Qué es esto de que en la página anterior había un gato sentado en una tapia, y ahora el gato se esfumó y aparece la profesora McGonagall?, le pregunté.
–Está muy claro, me explicó Mariete. Ella enseña en un colegio de magia y por eso es capaz de convertirse.
Con enorme esfuerzo logré guardar la compostura en ese y otros episodios más, pero me enredé en la página 69. En esta escena Harry llega al banco Gringotts, regentado por gnomos, y surge el tema de los knuts, que son las monedas de los magos.
Al cambio corriente –inventé, por congraciarme con Mariete– un knut es como dos dólares y medio.
–No tienes ni idea, replicó el chino. 29 knuts hacen un sickle, y 17 sickles equivalen a un galeón. El dólar ni se nombra.
–¿Y cómo lo sabes?
–Son magos, abuelo: su vida no se rige por nuestros valores sino por los de la hechicería.
–Y, entonces, ¿por qué otros personajes del libro no hablan de esas cosas?
–Porque son muggles.
–¿Qué clase de mugres?
Mariete empezaba a perder la paciencia:
–No mugres, muggles; es decir, gente sin capacidad de magia. Como tú, me parece.
–No creas. Cuando estaba en el colegio, yo era capaz de desaparecer una moneda de dos pesos.
–Ya no hay monedas de dos pesos, cortó Mariete.
Mi nieto cada vez gozaba más el libro, pero mi confusión iba en aumento. Ya no sabía si muggles era la casa de los magos o el gato de la profesora, y pensaba que Hogwarts era el banco donde los gnomos atesoraban gryffindors.
Al alcanzar el capítulo del juego de quidditch supe que estábamos en el punto crítico del libro. Era el momento de recuperar el prestigio perdido, así que me preparé para superar la prueba. Estuve estudiándolo a fondo la víspera de que lo leyéramos juntos, y llegué lleno de fe en mis posibilidades.
–Este capítulo es difícil y debes concentrarte mucho, le dije, cuando leíamos los primeros renglones. Te explico lo que leíste: es como si fuéramos a hablar de fútbol.
–Estás loco, –contestó Mario: ¿cómo puede parecerse el fútbol a un deporte que se practica con escobas mágicas, que tiene tres bolas en juego y donde las quaffles pasan por un aro, a las bludgers hay que golpearlas con un bate y la snitch es el secreto del triunfo. Más bien parece una mezcla de básquetbol, béisbol, jai-alai y Fórmula Uno en escoba.
–Bueno, lo que yo decía.
–¿De veras quieres que sigamos leyendo el libro juntos?, paró en seco. Creo que estoy perdiendo mucho tiempo contigo.
Ante lo cual lo único que se me ocurrió decirle, para demostrar que no soy tan imbécil como él piensa, fue:
–¿Sabes que Franti le pegaba a la mamá?
Desde el primer capítulo de ‘Harry Potter y la piedra filosofal’ aparecieron las dudas.
