Quien la ve tan jovencita, risueña, excitante, y esta mujer de “mística sonrisa”, como dice la canción, ya tiene cinco siglos. Pero aun así tenemos que decir que es uno de los pocos cuadros que han inspirado muchos otros cuadros, decenas de avisos publicitarios, novelas, poemas, miles de ensayos y hasta boleros disfrazados de swings.

La Mona Lisa, también conocida como La Gioconda, cumplió hace unos años su quinto centenario. Es el icono máximo de la pintura universal, el retrato más famoso de todos los tiempos, la figura femenina más reconocible de entre miles de millones que van por el mundo, la obra cumbre de Leonardo Da Vinci. No se trata exactamente del medio milenio de su terminación, porque a Da Vinci le tomó tres años acabarla, y hay quien afirma que empleó en este pequeño óleo de apenas 77 centímetros por 53, cerca de 10 mil horas de trabajo. Sostienen los estudiosos que en ciertos puntos el cuadro es en realidad un mosaico de diminutas pinceladas que miden medio milímetro.

Pintado sobre un soporte delgado de madera de álamo, el cuadro es el producto artesanal y artístico de dos tablas unidas en sentido vertical y pintadas como una sola. El óleo está cuarteado en millones de diminutos parches del tamaño de lunares o cabezas de alfiler. Visto con un microscopio parece más un cuero de caimán que la tez pálida de una muchacha del Renacimiento italiano. Nada de esto se percibe a simple vista. Lo que ven los visitantes al Museo del Louvre de París, es el retrato terso de una mujer de una sonrisa que encierra al mismo tiempo picardía y displicencia, distancia y simpatía.

Lo que en realidad ve el visitante al Louvre es una multitud de turistas en torno a la pequeña obra mientras sus guías cotorrean en varios idiomas acerca de esa mujer que todos hemos conocido desde siempre en libros, en revistas y hasta en vasos, pero solo unos pocos millones han visto de cerca.

¡Si pudiera hablar La Mona Lisa…! Da Vinci empezó el cuadro en 1503 en Florencia y lo terminó en Francia en 1506, cuando trabajaba para el rey Francisco I. El soberano lo colgó en el cuarto de baño del Palacio de Fontainebleu.

En esas paredes permaneció más de siglo y medio como testigo de un incómodo desfile de intimidades. Hacia 1660, Luis XIV acudió en su rescate y lo condujo a Versalles. Pero allí le fue aun peor, pues el príncipe odiaba el cuadro, por lo cual el Rey Sol lo mandó a la sombra.

En los depósitos de Palacio permaneció otro siglo y pico, hasta cuando Napoleón Bonaparte lo descubre en 1880 y ordena su traslado a París. Cuatro años lo disfruta el emperador en su recámara y en 1884 decide que su sitio es el Museo del Louvre.

La Gioconda ha sufrido las contingencias de dos guerras y un secuestro. En 1911 un carpintero italiano decidió que el retrato de una mujer italiana pintado por un artista italiano no tenía nada que hacer en Francia, y se lo llevó escondido debajo de su ropa de trabajo. Al cabo de dos años de extravío apareció en Italia.

Ahora La Mona Lisa se solaza en una sala de 200 metros cuadrados que le regalaron para ella. Allí acoge la peregrinación de miles de visitantes que llegan cada año empeñados en descifrar, en vano, su sonrisa irónica.