La corrupción es el cáncer que corroe los cimientos de los países latinoamericanos y nos ha enterrado en el lodo de la miseria, la inequidad, la vergüenza y la impunidad. El fango creado, solo puede removerse con una estrategia integral de Estado que incluya la probidad de la gestión pública, sanciones ejemplares para los corruptos y sus corruptores, y un programa de educación a todos los niveles de nuestra sociedad para erradicar de una vez por todas frases famosas como "juega vivo".
Ninguna nación escapa de esta lacra social: desde el Río Grande hasta la Patagonia todos la padecemos, cada uno con su tinte particular. Un caso del que tenemos que aprender es lo sucedido recientemente en Costa Rica, país que en las últimas décadas se ha mantenido a la vanguardia como ejemplo de lo que debe ser un estado de derecho. Sus avances en la democracia continental, la transparencia de su gestión pública y el respeto a los derechos humanos fueron las credenciales nacionales para impulsar la candidatura de Miguel Angel Rodríguez hasta llevarlo a la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos (OEA).
Como daga que se incrusta en la espalda del pueblo hermano de Costa Rica, su ex presidente, hoy ex secretario general de la OEA, fue acusado de corrupción al recibir dinero de una empresa extranjera para lograr un contrato, escándalo que tuvo eco entre los políticos de gobierno y oposición que repudiaron dicho acto, al punto de que el partido que una vez lo llevó al solio presidencial terminó expulsándolo.
El Dr. Abel Pacheco, recogiendo el sentimiento nacional, en su calidad de Presidente constitucional, solicitó a Rodríguez que se presentara a rendir cuentas ante las autoridades competentes y que se separara del cargo.
El pueblo costarricense habló alto y claro: no tolerará ni permitirá que se manche el buen nombre y el prestigio internacional que tiene Costa Rica; pide rendición de cuentas al ex gobernante y que renuncie al cargo de secretario general de la OEA ya que su presencia en ese foro continental, según ellos, aumenta la deshonra que sienten.
En nuestro istmo de Panamá cada día tenemos un nuevo escándalo. Las planas de los periódicos y los noticieros de radio y televisión saturan el ambiente con viejas y nuevas formas de esquilmar el patrimonio nacional, pero al final gran parte de la sociedad se queda con la percepción de que "no pasa nada".
Es el momento de aprender de nuestros vecinos. Tal vez hubiera sido más fácil que su partido cerrara filas en su defensa a ultranza para crear una confusión que empantanara y ocultara la verdad; tal vez hacerse de la vista gorda y no ponerle sal a la herida sería menos doloroso, pero ese pueblo escogió el camino de la dignidad, exigiendo al señalado por actos de corrupción que vaya al país a rendir cuentas y que no se oculte en la inmunidad del cargo.
En nuestro querido Panamá, si tenemos la percepción de que no pasa nada es por cuenta de aquellos que son responsables de administrar justicia en nombre de la sociedad; pero los ciudadanos no debemos quedarnos indiferentes, al contrario, debemos hacer uso del recurso que nos queda: el repudio moral. ¿Cómo puede ser posible que a un corrupto o corrupta después se le llame "don o doña"? El tiempo de aquellos que creían en la "patria boba" se ha terminado; si la justicia no camina, el pueblo tomará acciones y es por ello que se debe designar en los puestos de mando y jurisdicción a personas idóneas, profesionales de alta moral y dignas de servirle a Panamá.
Para que exista un corrupto debe haber un corruptor; no perdamos de vista que también debe haber sanciones ejemplares para las empresas que ofrecen dádivas o favores especiales a cambio de privilegios, ya que la coima no es otra cosa que un impuesto no declarado que encarece la adquisición de bienes y servicios por parte del Estado, y al final lo paga el contribuyente. Por eso, sigamos de cerca lo que pasa con nuestros vecinos, los ticos. Aquellos que piensan que ellos se han manchado con el escándalo están equivocados; muy por el contrario, se han enaltecido al ser vigilantes y fiscalizadores responsables de la cosa pública y de la conducta ética de sus personalidades. Ojalá aprendamos un poco.