Con el transcurrir del tiempo, uno termina aprendiendo que una de las tareas más difíciles de las personas en la vida es mantenerse fiel a su propia palabra, sobre todo cuando esta es producto de su forma de concebir el mundo.

He conocido a personas que odiaban el béisbol o el fútbol, hasta que el equipo de su provincia o de su barrio ganó algún campeonato; entonces, se hicieron fanáticos descomedidos de esos equipos y esos deportes.

He conocido, también, a quienes por años detestaron los concursos de belleza, porque estos exponen a la mujer como un producto a la venta pero, de buenas a primeras, se han convertido en defensores de este tipo de certámenes.

La “confusión” cunde. De políticos ni hablar. Un discurso es el de las campañas electoreras y otro el que dicen cuando llegan a convertirse en todopoderosos gobernantes. A la humildad fingida y el populismo de los meses previos, los reemplazan la arrogancia y una capacidad de olvido que conmovería hasta al propio Funes, el memorioso.

De los elegidos a cargos de elección popular de dudosa ideología no quiero ni hablar. Todo el mundo los conoce. Y su único verbo es saltar. Me duele Panamá cuando veo a los “padres de la patria”.

¿Por qué será que en esta y otras latitudes cada día es más difícil ser consecuentes y coherentes? ¿Por qué el valor de una promesa es ya tan poco estimable?

La experiencia nos enseña que cada día la virtud de ser fiel a sí mismo es más escasa, lo que hace difícil creer en alguien que dice una cosa, pero hace otra, o en alguien que hoy defiende lo blanco y mañana, lo negro.

Lo cierto es que este país, carente de líderes auténticos, tendrá que empezar a creer en una utopía y fabricar nuevos “ídolos”, porque la historia demuestra que los escepticismos no conducen a las sociedades a buen puerto; todos los que nos sentimos huérfanos de modelos reales y tangibles, deberíamos empezar por definir un perfil de ese modelo.

Ninguna sociedad debe esperar, cada cinco años, para hacer cambios; para ver si lo que viene no es tan malo como lo que tiene, creando falsas esperanzas, mientras como sociedad y como país seguimos perdiendo el tiempo y las oportunidades.

Será por eso que cuando, ocasionalmente, alguien da muestra de esta virtud lo celebramos tanto.

¡Dios, no desampares a esta sociedad que se entretiene celebrando lo ordinario como extraordinario y se desgasta quitando y poniéndose máscaras!

Esta sociedad que todavía hoy se debate entre la risa y la mueca.