Panamá tiene una crisis, no de intelectuales (porque está lleno de gente brillante) sino de espacios o condiciones favorables para la producción intelectual. Ahora bien, hay un reto importante respecto al tema de las nuevas generaciones.

La economía de mercado procura imponer un sistema comercial más rápido, con ausencia de trámites y sin tantas “vueltas”, para hacer las cosas. Por esto, vemos cómo los sistemas económicos llegan a influir en la vida diaria de las personas. Todo lo hacemos de forma tan automática, que cada día nos asemejamos más a las máquinas que al creador. Aquello puede funcionar en el campo del comercio, mas no en los demás estadios de la vida.

En Panamá no se quiere pensar. Entre los niños y jóvenes se implantó la cultura del copy /paste. Si bien debo reconocer que las tareas que mandan en las escuelas obedecen a ese afán de crear robots, no menos cierto es que aún en ellas se puede sacar un provecho académico-filosófico importante en la medida en que se ocupe al joven en pensar, proponer y crear.

El emprendimiento y la innovación son tareas pendientes. Recuerdo que un chico de la facultad me comentaba que este país tiene que producir su propia tecnología para dejar de depender de las importaciones. Otro llegó a rebatirme las ventajas económicas de dichas importaciones para un sector local muy específico. Yo soy un convencido de que los “poderosos” tienen aquel tema resuelto, por lo que poco les importa cómo el Tercer Mundo resuelve y se hace autosuficiente.

La pereza mental va de la mano de la ley del menor esfuerzo. Conformarse con lo mismo de siempre, no reinventarse, decir la típica frase “así siempre lo han hecho” o querer medir el éxito al compararse con gente que es igual o más mediocre, son algunas manifestaciones de ese flagelo, cuya gravedad es comparable con la delincuencia.

Esta generación maneja tecnología nunca antes pensada, que le facilita la comunicación, el acceso a la información y mejores herramientas de trabajo. Esto no es malo per se. Es admirable, porque son elementos que provienen del propio ingenio humano. El ejercicio extra supone utilizar toda esa energía que nos ahorramos por la existencia de estos medios, para elaborar nuevos productos intelectuales, y evitar que sean estos los que nos tengan como esclavos.

Necesitamos ser gente pensante. La actividad intelectual demanda tiempo y esfuerzo, pero la experiencia nos enseña que tiene frutos y recompensas importantes. Pensar no es sumergirse en una discusión eterna ni divagar sin llegar al punto.

Pensar es hallarle la solución a un problema, no sumergirse ni ser parte de él. Es conocer el asunto a profundidad y ejercitar una acción de acuerdo al examen previamente realizado. Pensar es anticiparse para responder mejor. Es por ello que la pereza intelectual, tarde o temprano, jugará en nuestra contra.